Mastico una de esas galletas con sésamo que venden en el Tiger. Sabe levemente a humedad, a tierra. A lo mejor están caducadas, pero yo sigo comiendo. Porque ese sabor me recuerda a cuando volvíamos de la pileta con mis primos, y comíamos cualquier cosa que encontráramos, incluso un paquete de Crackers medio húmedas, nunca sabremos si porque llevaban varios años guardadas, o porque las agarrábamos con la mano todavía mojada de agua y cloro.
Hablo por Skype con vieja amiga por primera vez. Charlamos sobre sus preocupaciones, las mías, la sensación de estar fallando todo el tiempo, en fin, esas preocupaciones.
Aparece en pantalla su hija preadolescente, a la que hace años que no veo. Me saluda y le digo, con toda sinceridad: “¡Te estás poniendo hermosa!”.
La piba me sonríe con suficiencia y, señalándose la cabeza me responde: “Me estoy poniendo hermosa de acá”. Miro a mi amiga y no puedo evitar decirle: “Algo estás haciendo bien”.
Lloré más que nunca por todos los motivos por los que está justificado llorar.
Probé a decir que no. Y no me fue tan mal.
Dije un par de cosas feas a mi vieja y me sentó de maravilla.
Le dijo un montón de cosas lindas a mi vieja y creo que finalmente las creyó.
Dormi mal. Casi todo el año. Y sigo.
Pude ponerle cara a un amigo virtual que me mataba de curiosidad.
Me enamoré como si tuviera 13 años. De Gotye y de Ben Whishaw en The Hour. Comprobé una vez más: todos frikis. Soy un desastre.
Compré cosas rosas y con florecitas, sin culpa. Me rebelé contra mi tomboy interior. Por fin.
En terapia dije, en voz alta y a modo de confesión: soy una cursi y me gusta serlo. Y no me dió miedo.
Pasé la navidad como quise. Genial.
Y pienso hacer lo mismo esta noche. Y no confesar más (porque ésto que digo acá es sólo la punta del iceberg, el resto me lo guardo para otras conversaciones amenas).
Acabo de ver escrita las palabras “caballo de malo” en la calle. No conocía la expresión y me llamó la atención porque parecía perfecta para el nombre de un grupo (casi), y porque no terminaba de entender a qué se quería referir.
¿Salvaje como caballo de malo?
¿Oscuro como caballo de malo?
¿Impetuoso como caballo de malo?
¿Arisco como caballo de malo?
¿Ostentoso como caballo de malo?
La respuesta me decepcionó un poco: Lento como caballo de malo. Pero tiene sentido. Lástima, porque si bien nunca me gustan los malos, siempre me gustaron sus caballos.
Triste como caballo de malo. Porque pobre destino el del caballo, tocarle ser de malo y que por mágicaósmosis se le trasmita al pobre caballo las ¿cualidades? de la carga que le toca lleva.
Triste como caballo de malo. Eso también se me cruzó por la cabeza. La palabra triste viene a menudo a mi cabeza en estos meses. Para describir cosas, colores, estados. Ajenos en general. Los propios no dan ni para descripciones. Por eso no escribo acá. Porque ya nadie lee ésto y a nadie tengo ganascapacidad de contarle esas cosas. Nadie a quien conozca, al menos.
Estuve tres días escuchando esta canción. Después se la mandé a alguien a quién alguna vez conocí. No esperaba que me respondiera. Incluso quizás deseaba que NO respondiera. Por las dudas. Pensé que esa persona, justamente esa persona, podía entender. Que yo me sentía así. Pensé también que probablemente esa persona también, quizás, tal vez por un momento al menos, iba/había/ha sentido exactamente eso que yo estaba sintiendo. Por una vez, no esperé una respuesta. Sólo compartir esa sensación de que eso era algo que compartíamos/compartiríamos/habíamos compartido. Probablemente en diferentes continuums. Yo en este avión, él en ese avión. Y la posiblidad toda desenrrollada alrededor.
Por eso no escribo acá. Porque no hay ahora nadie a quien le pueda contar ésto/eso/aquello, que (nodigoque) lo entienda. Quizás que lo pille. Que lo capte. Que por mágicaósmosis lo sepa. De momento no tengo ninguna esperanza de que fuera de mi, se sepa.
You are the bread and the knife,
the crystal goblet and the wine.
You are the dew on the morning grass
and the burning wheel of the sun.
You are the white apron of the baker,
and the marsh birds suddenly in flight.
However, you are not the wind in the orchard,
the plums on the counter,
or the house of cards.
And you are certainly not the pine-scented air.
There is just no way that you are the pine-scented air.
It is possible that you are the fish under the bridge,
maybe even the pigeon on the general’s head,
but you are not even close
to being the field of cornflowers at dusk.
And a quick look in the mirror will show
that you are neither the boots in the corner
nor the boat asleep in its boathouse.
It might interest you to know,
speaking of the plentiful imagery of the world,
that I am the sound of rain on the roof.
I also happen to be the shooting star,
the evening paper blowing down an alley
and the basket of chestnuts on the kitchen table.
I am also the moon in the trees
and the blind woman’s tea cup.
But don’t worry, I’m not the bread and the knife.
You are still the bread and the knife.
You will always be the bread and the knife,
not to mention the crystal goblet and – somehow – the wine.
“Me parece que los jóvenes son tres. Vi a dos de ellos acosar a la madre, tratando de obtener comida de su pico, exáctamente como polluelos y no como semejantes pelotudos que ya son.”
La novela luminosa, Mario Levrero
(las negritas son mías)
Acá solté una carcajada. Pero ya venía sonriendo, calculo que desde la página 7, aproximadamente. La novela luminosa, que no lleva a titularse así hasta la página 453 de la edición de bolsillo que compré, es un libro-blog de cuando nadie blogueaba. Es un diario de un escritor que no sabe cómo carajo va a llegar a escribir esa novela luminosa que el alma le pide, ya que su realidad cotidiana se lo pone difícil. Los horarios cambiados, los achaques, las autoexcusas, la obsesión por la computadora que le hace quedarse resolviendo problemitas hasta la madrugada, la alegría de modificar una aplicación y que funcione, antes que ponerse a escribir realmente lo que tiene que escribir porque no se siente capaz. Y la identificación de esta lectora, que se sorprende en cada relato, se identifica aunque sea mujer, treinta años más joven y no tenga la menor intención de escribir ninguna novela luminosa. Mario Levrero escribe las primeras cuatrocientas páginas de este libro para si mismo, se va analizando de una manera que incluso da miedo y al mismo tiempo no tiene miedo de parecer loco, enajenado, ridículo, porque escribe para nadie, porque nadie lo lee cuando escribe. Y eso hace que esta novela sea luminosa aunque no se llame así hasta la página 453 de la edición de bolsillo que compré.
“Me resulta casi increíble, al comparar esta mujer con el resto de sus congéneres, que nunca se haya aprovechado de ese conocimiento suyo para competir, humillarme o tratar de reformarme. Me aceptaba tal cual soy, e intuía sin duda que cualquier modificación que se me impusiera, por más positiva que fuese, me haría perder algo que ella consideraba importante en mi.”
Cada vez que leo algo escrito por un hombre, que describe exáctamente cosas que he pensado, me asalta una ternura muy explicable, aquella que deviene de saber que también les pasa, que no son tan diferentes incluso en las diferencias. Que también hacen generalizaciones. Y se confirma que no estoy tan equivocada, a pesar de tanto pelotudo que me he cruzado. Que sigue siendo saludable que me gusten y me den curiosidad y los siga queriendo tantotanto.
A mi siempre me tuvieron re-cagando. Me educaron en la disciplina y el orden, la responsabilidad y el deber. Como quien dice, me tendían sonando. Pero te voy a decir una cosa: en mi casa, la leche chocolatada de la merienda siempre tuvo muchomucho Nesquik. En mi casa, la chocolatada era marrón oscuro. A lo mejor para compensar.
Me acabo de comer una cucharadota de Nesquik, así, a pelo. Calculo que por lo menos unos 13 años desde la última vez que hice algo parecido… ¿eh?
Hace unos meses participé en el programa de formación organizado por el ddi, la EOI (Escuela de Organización Industrial del Ministerio de Industria) y el di_mad, para la creación de empresas de diseño.
No he hablado mucho del tema pero básicamente el programa ha sido interesantísimo, orientado a formar diseñadores como emprendedores y empresarios, dándonos unas herramientas super necesarias y alimentándonos la autoconfianza en los proyectos de cada uno. Y entre otras cosas buenas, de ahí salió un grupo que intenta promover la formación para emprendedores desde el punto de vista del diseño, del que formo parte y que aunque todavía está dando pasitos enanos, va cogiendo fuerza de a poco: Lo creas o no!
Bueno, toda esta intro para decir que ayer nos dieron nuestros diplomas y que para variar, mi apellido estaba mal escrito: Regosa. No sólo eso, sino que cuando me llaman para que fuera a recibirlo, sólo dijeron “Dña. Daniela Fernanda” porque claro, acá todo el mundo tiene dos nombres y dos apellidos y si tenés un sólo apellido, se asume que tu segundo nombre es tu primer apellido. En fin, a lo que iba: que no ha habido ni una sola vez, ni aquí ni en Argentina, en la que me hayan hecho un certificado con mi apellido escrito correctamente. Ragoza, Rogozza, Rugosa, Regazza, Ragazza, Rigosa, Regoza, Regozo, Rogosa y así hasta el infinito. Después me quedé pensando que lo más gracioso es que mi apellido correcto, Rogoza, tampoco es correcto. Porque es polaco, porque probablemente se escribía de una manera diferente (al menos eso es lo que pude intuir al contactar con varios polacos y lituanos con apellidos similares) y fue cambiado cuando mis abuelos pasaron por la aduana portuaria al llegar a Buenos Aires.
Después, cuando volví a casa, le mostré el certificado a mi vieja por Skype. Y me di cuenta de que tampoco era tan importante el tema del apellido. Una parte de mi sigue teniendo 7 años y quiere que mi mamá vea que la seño me puso tres estrellitas doradas en la tarea.
Informó que sufría taquicardia cada vez que lo veía, aunque fuera de lejos.
Declaró que se le secaban las glándulas salivales cuando él la miraba aunque fuera de refilón.
Admitió una hipersecreción de las glándulas sudoríparas cada vez que él le hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo.
Reconoció que padecía grandes desequilibrios en la presión sanguínea cuando él la rozaba, aunque fuera por error.
Confesó que por él padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le aflojaban las rodillas. Que en los días no podía parar de decir bobadas y en las noches no conseguía dormir.
– Fue hace mucho tiempo, doctor – dijo –. Y nunca más sentí nada de eso.
El médico arqueó las cejas:
– ¿Nunca más sintió nada de eso?
Y diagnosticó:
– Su caso es grave.
Esta mañana salgo a hacer unos trámites y cuando paso por una floristería, aprovecho para preguntar por un insecticida porque mi ficus está muriendo a manos(patas) de unas mosquitas que salen de la tierra (pienso: a tamaños microscópicos esta es una película de desastre). El señor de la floristería me manda a otra tienda, a la vuelta y me dice que allí pregunte, que me va a poder ayudar.
La tienda es pequeñita y con onda. Bastante diferente a las tiendas de plantas y jardinería que conozco. En la parte delantera tiene un pequeño invernadero con luces artificiales, rosadas y las plantas no se ven porque están bien tapaditas. Hay bolsas de tierras y un montón de ¿herramientas? de colores que no sé identificar. La luz es tenue en todo el local. Un pelilargo me atiende amablemente y le cuento mis penas: que mi ficus tocayo está pelado (no como yo). Que unas mosquitas (vivas, más que muertas) me los están asesinando de raíz y que el señor de la floristería me manda aquí para que me vendan un remedio. El chico me ofrece un veneno ecológico y destaca las virtudes de que no es venenoso para las personas, aunque luego aclara que eso me da igual porque no voy a consumir el ficus. Le respondo risueña que no, que no me lo voy a comer “todavía”. Como es amable aprovecho y le cuento que mis margaritas también están un poco mustias. Le describo con detalle la mitad de las hojas amarillas de un lado y cómo se van secando y cayendo. Me dice que le suena a que es un hongo y me da otro remedio en un frasquito divino, con base de propoleo, me dice, que tiene usos medicinales para las personas. Me parece muy bien pero tampoco me voy a comer las margaritas (todavía). Ya que estamos y que me llevo las dos medicinas, le pregunto de paso si tienen semillas (digo, porque es un lugar que en el nombre lleva las palabras house y plant, como sea, es de plantas y de casas). Me mira raro y me dice “¿Qué tipo de semillas?” y yo muy oronda le comento que quiero semillas de hierba para gatos… me sonríe y me responde que ellos sólo venden semillas de cannabis.
Y yo pienso: qué caída del catre que soy.
(Igual, divino, me mandó a un herbolario cerca y además me dijo que “a los gatos les gusta mucho la marihuana”).
Acá es imposible, imposible, establecer ningún tipo de vÃnculo amoroso si no existe varón, mayor-de-edad-soltero-de-nacionalidad-española-comunitario, que no tenga terror a que te vuelvas a tu paÃs.
Asà no, muchachos.
Yo soy un bicho maravilloso. Unos pocos se dan cuenta. ... [leer completo]
Si, yo soy un sol,
redondo y completo
(a veces quemo).