El silencio
Una larga mesa de amigos, en el restorán “Plataforma”, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.
– No. – dijo Tom, cuando alguien se arrimó –Estoy en una conversa muy importante.
Y cuando se acercó otro amigo:
– Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.
Y a otro:
– Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.
En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.
Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.
El Silencio. Eduardo Galeano. Bocas del tiempo
A veces te pasa que, cuando vivís en otro país, te sentís de ningún lado. De alguna manera, aunque pasen los años, seguís siendo el recién llegado. Sos nuevo casi en la vida de cualquier persona. Sobre todo cuando te viniste siendo un adulto. Nadie te conoce de siempre, nadie comparte tus códigos (a veces, algún otro compatriota los intuye), no sos prioritario en la vida de nadie.
Ojo, sos importante, por alguna razón descubrís que hay gente que te quiere un montón, que te necesita, que te aprecia. Pero siempre hay una lista de otros que son más importantes, más necesarios, más apreciados.
También está los que te siguen queriendo en tu lugar de nacimiento. Esos te van a querer siempre, pero de nuevo: vos les hiciste la putada de irte y ellos tuvieron que seguir viviendo. Hicieron otros planes, se juntaron con otra gente, aprendieron a tener otras prioridades.
Entonces, buscás compensar esa necesidad profunda de intimidad, confesándote a fondo, diciendote toda, contándote en detalle. Inventás la intimidad y la mantenés a pura voluntad y esfuerzo. Dejás que entren en tu vida, como un primer paso para, en el fondo, conseguir que el otro te deje entrar igual. Pero el otro ya tiene esos espacios ocupados.
Y por ahí te das cuenta tarde. Que quizás esa amiga tan querida, no te quiere taaanto. Que quizás ese que te escucha quejarte, tiene cosas más importantes en qué pensar, y te escucha porque le hacés gracia, porque tenés una capacidad enorme de contar kilombos con chistes. No es que no te quieran, no es que no les importes. Es que ni te quieren ni les importás TANTO. Y eso no es malo, mierda: te quiere más gente de la que pensabas posible. Pero tampoco es suficiente. Porque te quieren hasta ahí. Justo hasta ahí.
El otro día, le decía a un amigo que tenía ganas de hablar largo y tendido con alguien a quien no conozca. Él me respondía que le pasaba justo lo contrario: tenía ganas de hablar con alguien que le conociera tan bien que le comprendiera y no le juzgara. Y entonces me di cuenta de que en realidad yo estaba hablando de eso mismo. Sólo que no creo que nadie me conozca tanto. Entonces, quizás, si alguien no me conoce nada, eso sería posible.
Porque a veces, seamos sinceros, es más fácil “callar cervezas” con un desconocido.







