Identidad

dni daniela 2009

El lunes tuve que ir a “poner las huellas” para mi permiso de residencia permanente. Permanente, qué fuerte suena esa palabra. Bueno, igual es por cinco años. Después de tres permisos de residencia temporal y una nacionalidad española que no está todavía tramitada porque siempre faltan papeles o los papeles se te caducan o no se puede hacer el trámite porque hay demasiado trabajo y no se pueden usar los días para asuntos personales.

En fin, hacerse la foto nueva, porque las que tenía de la última vez, vete tú a saber dónde habrán terminado después de la mudanza de diciembre (gran problema, cuando me hago la ordenada, yo, que tengo una memoria googlistisca, procedo inmediatamente a olvidar el lugareseperfecto donde las cosas están guardadas y novoyalolvidarmedequeestánacá ¡imposible!). La foto nueva en un fotomatón, para qué vamos a ir, yo y mis circunstancias a un fotoprix o algo por el estilo cuando vivo en una ciudad plagada de fotomatones, un aparato tan amelie, tan romántico incluso para mi sola y mis circunstancias.

Obvio, la foto es horrible (a las pruebas me remito) y no os preocupeis, no estoy anoréxica ni infeliz, que es lo que parece. Y lo siento, señores del Ministerio del Interior: yo no soy la de esa foto. Soy más rendodita, más suave, más sonriente y mucho más linda (autoestima de la del cuerpo y la cara, no me falta, no. En todo caso, me falta de la otra). Al mismo tiempo, me da igual… ¿qué salgo hecha un asco en la foto del DNI? Pues nada, total, para la cantidad de veces que alguien va a ver esa foto durante los próximos cinco años, tampoco me importa tanto. Quizás lo que más pena me da es que no sale mi pelo. Mis pelambres. Mi grangran signo de identidad. Lo que me hace fácil de encontrar en las multitudes. Pero ya sabemos, en las fotos del DNI se tienen que ver las orejas y esas si que salen bien: observar la asimetría, la colocación irregular, la que de un lado saludando cual orejamanodeprincesa, la otra pegada a la cabeza, las dos en punta, tan yo, tan de mi familia, tanfede, tansobrinoquerido. Con eso me conformo.

Es gracioso, porque el mismo lunes, el lunes que “ya me quedo por cinco años más”, me llaman para lo del di_mad. Y me explican lo de las maletas. Maletas, yo y viajes. Viajes que me cuestan horrores. Me cuestan de chiquita. Dice mi mamá que cuando volvíamos de un mes de vacaciones en casa de la abuela, yo entraba corriendo, la primera, hasta mi habitación al grito de “mi camiiiiiitaaaa”, “mi silliiiiiiiita” (en fin, ésto ya lo conté, me parece). Cuando a mi me hablan de viajes, no logro pensar en viajes de placer, de vacaciones. Para mi los viajes son la vuelta a casa (o mejor dicho, la ida y vuelta). No hay souvenirs, hay partes de mi vida de acá que llevo a mi gente de allá, intentando crear vínculos imposibles. Construir esta doble identidad. Echar raicitas allá, acá, en la misma maleta.

Cuando voy a Argentina (poco), armar la maleta es en si mismo un acto de construcción de identidad. La ropa que pongo es el disfraz, el traje de “soy de acá pero también soy muy de allá” sin saber demasiado bien cuál es el acá y cuál es el allá. Y todo ese proceso, ese ritual, para terminar usando durante dos semanas, las mismas tres cosas, porque son los escudos, las cosas con las que me siento cómoda, con las que no tengo frío ni calor. Las cosas que me tapan los suficiente para que nadie me vea, salvo los míos. No sé.

Que hace un par de años compré ollas de acero inoxidable. Y ahora tengo una casa completa amueblada por mi. Todavía un poco falta de decoraciones, pero con un sofá cómodo y una cama grande. Y tengo un permiso de residencia por cinco años más. No tengo muy en claro qué se hace con todo eso.

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