Esta noche es Nochebuena y mañana, Navidad
Después de estos siete años en España, recién este año me doy cuenta de que lo que más extraño de Argentina (exceptuando a la familia, obvio) es pasar las fiestas con calor. Ni el dulce de leche ni el asado. Ni los alfajores ni el mate (bueno, el mate lo sigo tomando, después de todo puedo comprar yerba en cualquier supermercado).
Para mi, las fiestas no son fechas deprimentes. Ni siquiera este año en el que tengo un par de razones para estar algo más triste que otros años. Pero de lo que si me doy cuenta es que pasar las fiestas con calor las hace mucho más llevaderas. Imagínense una cultura plagada de referencias a las navidades del norte. En Argentina no hay escaparate que safe del arbolito cubierto de nieve, la decoración en verderojodorado, los papanoeles hiperabrigados, toda esa decoración de pinos y abetos a lo suizo, rodeando bikinis, camisetas de tirantes y chancletas fluorescentes. O sea, tenemos lo mejor de las dos navidades. Las referencias a lo Norman Rockwell y la temperatura del caribe… ¿qué más se puede pedir?
Pasar las navidades con calor permite, al que ama la Navidad, verse todas las películas nevadas (Miracle on 34th Street, Rudolph, the Red-Nosed Reindeer o The Nightmare Before Christmas), en shorts y con un vaso de coca-cola que tiene más hielo que otra cosa, acompañado por el zumbido relajante del ventilador. Al que la Navidad le deprime, bien puede acodarse en la piscina a las 9 de la noche (todavía de día) con un mojito y olvidarse de que son estas fechas y pensar sólo en las vacaciones.
Yo nací en un pequeño pueblo en el norte de Argentina (esta frase va dedicada a mi amiga G. que siempre se ríe cuando la digo) y les puedo asegurar que ahí hace calor en serio. Y sin embargo, la Navidad no era menos por ese pequeño detalle. Al contrario, era increíble. Después de cenar y hasta las 12 (cuando venía el niñito dios a traernos los regalos – igual dejábamos galletas para papá noel y pasto para los renos, teníamos un poco de kilombo mental ahí), salíamos a la canícula (qué bien, por fin puedo usar esa palabra) a tirar Chasquiboom, quemar bengalas y raspar fosforitos (una cosa que sólo existía en el Norte) y después de las 12, con los regalos ya abiertos, empezaban a venir los vecinos, empezando por los de la esquina (mi casa era la tercera en orden) y terminábamos todos en la calle, chicos y grandes, viendo como los hijos mayores ataban una virulana a la punta de un piolín, le prendían fuego y la revoleaban creando una especie de fuego artificial low-cost. Y si alguien tenía pileta (Pelopincho, la marca monopólica de esos años) terminábamos todos en malla (traje de baño) chapoteando de madrugada (cosa que sólo hacíamos para las fiestas, supongo que porque era el único día en que nos podíamos quedar hasta las mil).
Ya de más grande y viviendo en Córdoba, la Navidad tampoco era una fiesta obligada. Cambiamos la dieta a algo más liviando (ensaladas varias, pionono salado) aunque todos los años mi mamá decía que no iba a cocinar, terminaba haciendo aunque sea un poco de lechón al horno (lechón, chancho, cerdo pequeñito). Igual entonces cambiamos las tradiciones, pero agregamos algunas cosas mejores. Mis más queridos recuerdos: mi hermana Gabriela tarareando (dubi-dubi-dap) después de tomarse UN SÓLO lemon-champ, el año que Fede y yo compramos el Pictionary y jugamos todos hasta como las 6 am, todos los años últimos en los que jugábamos con mamá a la Generala (y mamá SIEMPRE sacaba doble generala y más una figura “servida” – el que conozca las reglas, sabe a qué me refiero), o al Huevo y resulta que mamá ganaba siempre también. Cosas pequeñitas y fáciles de conseguir, cosas que poco tienen que ver con la Navidad pero mucho con el pasar una noche estupenda riéndonos y e intentando hacer trampa y que no se note.
No sé, no cuento estas cosas con nostalgia. Las cuento porque son bonitas y me hacen sentir más en Navidad. Y esta noche, a pesar de todo, la paso como quiero, en mi casa pero rodeada de verdad y en espíritu, por unos amigos-familia que me quieren como soy aunque llore y patalee, con una vieja que me acaba de llamar por skype (con ventilador giratorio de fondo), con unos sobrinos lindos y sanos y felices, con una charla antesdeayer con mi hermano favorito, con langostinos y milanesas de pesceto, con una amiga que viene y que también me cuenta que se va (que es lo que más quería), con un décimo del cuponzado de los viernes que me va a tocar, con hambre y con un arbolito adornado con piñas de castaño de un puente pasado con amigas, con un peso enorme en el pecho que estoy convencida que voy a ser capaz de sacarme algún día. Con todo lo que puedo pedir y algunas cosas que aunque pido no tengo, pero voy a conseguir. Y con frío, qué le vamos a hacer, pero con 27 años de recuerdos en el calor ¡qué ya es mucho!









