No escribo mucho últimamente. La verdad es que no hago mucho de nada. O si, duermo mucho. No, no, tampoco duermo mucho aunque si es cierto que estoy durmiendo más. Alguien que me conoció por acá, una vez me dijo que no entendía cómo podía contar tantas cosas sobre mi en este blog, cómo podía exponerme de esta manera. A mi me hizo gracias porque en este blog no cuento nada. Nada. Comparado, claro, con las cosas que me pasan. Porque a mi me pasan ochocientas millones de cosas en la vida real que no las cuento porque no me dan los dedos, porque no me da el tiempo, porque estoy demasiado ocupada viviendo como para loguearme, escribir, editar y postear. Y además, porque prefiero pasar ese tiempo hablando, contándole mi historia a la gente que me quiere, a los amigos, a mi mamá y no escribiendo. Que me cansa más que hablar.
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Hablo demasiado. O eso estoy sintiendo. Ojo, la audiencia no se queja, al contrario, parece que disfrutan. Porque a mi me pasa de todo y yo lo cuento con lujo de detalles, con suspense, con expresiones a la cordobesa, con pelos y señales. Me gusta contar. Me gusta tener público, verles las caras, cuando les da pena o se rien con lo que les cuento. Me gusta porque la gente a la que les cuento mis cosas siempre me dan sus visiones, sus consejos, sus sugerencias. Eso me hace sentir que si bien es cierto que hablo sin límites, soy capaz de parar para escuchar… de todas formas, hablo demasiado. Así me parece. Hablo demasiado y me gustaría controlarme un poco pero no soy capaz. Es como si fuera más adicta a hablar que al tabaco. Porque si hay una buena charla de por medio soy capaz de aguantarme sin fumar. Pero fumar sin charlar es un garrón. Igual, decía, hablo demasiado. O cuento demasiado. A veces me parece que es por un afán de protagonismo, de capturar la atención, de cautivar a la audiencia. A veces me parece que es porque no me aguanto el silencio. A veces me parece que es porque paso tantas horas sola y callada que tengo que sacar esa energía por algún lado. A veces me parece que es porque siento una obligación por entretener, porque la gente no se aburra conmigo, que se lo pasen bien, para que sigan queriendo verme, venir a verme, pasar por casa, llamarme. Igual me gustaría hablar un poco menos. Estoy medio cansada del sonido de mi voz. Pero me parece que al final me atrapé yo sola. Porque el día que no tengo ganas de hablar, la gente me pregunta “¿estás bien? ¿te pasa algo? a ti te pasa algo, venga, dimeló, que me tienes preocupada/o”. Soy una pelotuda. No sé de qué me quejo si la gente se preocupa por mi… ¡la gente se preocupa por mi y es de las cosas más bonitas que te pueden pasar, junto con un hijo y un buen plato de papas fritas caseras! (vale, me fui a la mierda con la comparación pero cada uno tiene sus referentes).
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Ahora me pasan un montón de cosas. Y me dejan de pasar también. Y no tengo ganas de escribir un post sobre lo que me pasa y me deja de pasar. Estoy cansada. Tengo que hacer otras cosas y estoy cansada y estoy bien, también, porque está bueno estar cansada y tener por delante un horizonte de descanso. Que me da miedo tener tanto horizonte de descanso por delante, no te creas. Pero bueno, eso.
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Pelotudo no es lo mismo que boludo. La P carga la palabra de un inicio de saltodegotitasdesaliva que le da un matiz levemente violento. Un amigo puede ser un boludo. Pero jamás un pelotudo. Pelotudo es alguien al que le tenés un poco de broquita. Y este párrafo debería ir a Conclusiones Estúpidas, pero es que viene al caso acá.
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El otro día pensaba (en realidad le vengo dando vueltas hace ya un tiempo) que si yo escribiera acá una especie como de carta genérica a un pelotudo sin identificar, algo que empiece tipo “Estimado pelotudo” (aunque claro, lo de “estimado” sería una ironía porque si lo llamo “pelotudo” será que no lo estimo tanto), con una serie de referencias no demasiado específicas a las cosas que considero, convierten a esa persona en “pelotudo”, probablemente habría, al menos, tres o cuatro que se ofenderían y se harían cargo, se creerían los destinatarios exclusivos de esa carta genérica, irónica y pública e incluso se quejarían. En fin, después me di cuenta de que esos potenciales pelotudos seguramente ni se enterarían de que escribí esa carta, porque son tan pero tan pelotudos que ni siquiera leen este blog. Y vale, yo en este blog no cuento un montón de cosas pero otro montón de cosas si que las cuento y estoy convencida de que este es el lugar para entender algunas claves sobre mí, sobre como llevarse bien conmigo, cosa que por supuesto, los pelotudos hechos y derechos que se harían cargo de lo que se diga en esa hipotética carta genérica, quieren. Digo, quieren llevarse bien conmigo. Y yo me llevo bien con mucha gente, pero hay un nivel de pelotudez con el que no puedo. Después me puse a pensar que si ya desde el vamos, estoy calculando por lo bajo que existen en mi universo personal, unos tres o cuatro pelotudos que se harían cargo de lo que acá se diga, eso habla muy mal de mi. Y de mi criterio. O de mi falta de criterio para incorporar gente a mi vida. Eso me pone triste y me hace pensar que yo rayo el mismo nivel de pelotudez que a menudo no soporto. Igual, después me di cuenta de que no hay detector de pelotudos como hay detector de garrafón. Y que si yo me cerrara a conocer genter por controlar un poco más el número de pelotudos en mi vida, igual no conocería a mucha de la gente que hoy es mi círculo. Y sin embargo, así, como soy, conozco a esa gente, y la quiero y me quieren, como soy (pelotuda y todo). Y eso me pone contenta. Y por todo lo antedicho, ni carta a pelotudos ni ostias. No tengo tiempo (se me va todo el tiempo pensando en este tipo de pelotudeces).
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Bueno, creo que ya escribí (y mientas escribia, pronuncié) la palabra pelotudo el suficiente número de veces para que se me empiece a formar una islita de saliva en el labio inferior. Ya casi estalla, ya casi salpica. Creo que esa es la medida de hoy.