Carrera de la mujer 2015: ¿podemos ser demasiadas?

Fue en 2012 cuando corrí la Carrera de la mujer por primera vez. Era mi segunda carrera y debíamos ser alrededor de 10.000. Los primeros 500 m los hicimos caminando, era imposible empezar a correr hasta bien entradas en la calle Princesa. Fue una experiencia preciosa, que me llenó de emoción por el cambio en el escenario típico: esta vez eran los hombres los que animaban desde el lateral, con el carrito, los bolsos, las chaquetas. Y las mujeres las que se entregaban a los suyo durante 7,5k. Luego la meta, donde, si esperabas lo suficiente, veías entrar a las abuelas con bastón y bien bien maquilladas; a las madres con carritos, que bajaban a sus bebas de menos de un año para que cruzaran la meta caminando; a las amigas que, entre varias, llevaban del brazo a la que se había hecho daño por el camino.

Luego pasaron dos años en los que no la corrí por motivos diversos, y ayer, domingo 10 de mayo de 2015, esta vez acompañada de mis mujeres #BeerRunner, volví a hacerla. Esta vez el panorama había cambiado: éramos más del triple de mujeres. 32.000 almas (con dorsal, porque había, y muchas, que iban sin él, más los maridos, novios, hijo, amigos y hermanos, algunos con falda y peluca, para acompañar). Aunque llegamos temprano, no se nos ocurrió ponernos más adelante en el cajón. Cosas de la costumbre: no meterte en un cajón que no es el tuyo, respetar el orden de llegada, etc. Y claro, esta vez caminamos casi todo el primer kilómetro y la verdad, correr era casi imposible. Éramos tantas, y tantas iban caminando, que teníamos que ir “cintureando”, pidiendo permiso y perdón, porque a veces era inevitable el roce más fuerte de lo previsto. Cogimos aceras, sorteamos bordillos, y la verdad, los abdominales agradecidos, que a veces, hay que darles un poco de trabajo. Vamos, que fue un trayecto farragoso, y por un momento, pensé ¿podemos ser demasiadas? ¿se les habrá ido de las manos?

Muchas de las mujeres (chicas, señoras, adolescentes, mujeronas) iban caminando y podrían haber ido corriendo. Más rápido o más lento, pero corriendo. Y entonces me di cuenta: hacer tres, cuatro años, a mi no se me hubiera ocurrido, siquiera, apuntarme a una carrera. “¿Siete km? ¿Estamos locos? Si no soy capaz de levantar el culo de la silla.” Pero si existe una carrera que no tiene límite de tiempo, que está hecha por y para mujeres, en las que todas corremos (o caminamos) juntas, me da igual que haya sido complicado correr. Porque en 2004 se apuntaron 3.500 mujeres. Y en 2015, 32.000. Y el año que viene, muchas de esas 32.000 ya no van a caminar, van a trotar. Y el siguiente, otras tantas van a correr. Y siempre habrá mujeres que la hagan caminando: las que están lesionadas, las que van con bebés o niños pequeños, las que son demasiado mayores, o las que están enfermas o se están recuperando, o simplemente, todavía no saben que son capaces de correr.

Porque no nos olvidemos que no hace tanto, las mujeres no tenían permitido correr un maratón, y aún hoy en día, el deporte en muchas culturas es todavía cosa de hombres. Y eso no se cambia de un día para el otro. Pero si eventos como éste consiguen que una mujer se entusiasme con el deporte, que se de cuenta que puede, que nadie te mira mal porque vayas más lento, que una mujer-que-corre es algo normal… no me importa seguir haciendo carreras de obstáculos, pedir permiso y decir “¡perdón!” para pasar. Como mujeres, llevamos demasiado tiempo pidiendo permiso y perdón por hacer uso de nuestros derechos, los que nos corresponden como ciudadanas e iguales. Pero si cuando le digo “permiso y perdón” a otra mujer y me vé y piensa: “si ésta corre, yo también podría”, no me importa nada. Porque además, pocas cosas tan lindas como la hermandad entre mujeres, la marea rosa, las mujeres de todos los colores, tamaños y estados físicos, “lo personal es político”, las mujeres distintas, variadas, reunidas, ayudándonos y entorpeciéndonos en la misma medida. Porque somos iguales. Aunque caminemos, o corramos. Así que no… nunca vamos a ser demasiadas.

Bazaar, supermodelos en el número de septiembre

Mujeres hermosas sin maquillaje. De nada, chicos… [ vía BB ]

EVERYBODY HAS THE RIGHT TO BE BEAUTIFUL!

Miss Landmine: un ejemplo de valor y belleza. No a las minas antipersona. [ vía 20m ]

Cosas que se dicen

El otro día, cuando iba a comprar sushi (?) para cenar (porque últimamente eso de cocinar y encima ensuciar platos y vasos es algo que parece estar siendo desterrado de mi vida) escuché a una señora de unos cincuenta años decirle a su amiga, que se quejaba de su peso: “A veces estás más gorda, a veces estás más triste”.

Primero la frase me chocó. Después me di cuenta de que en realidad era, no sólo muy sincera sino además muy bonita (y aquí tengo mis propias razones, porque la verdad, he notado entre mis amigas que pierden peso sólo cuando están muy tristes, muy estresadas, con el corazón roto y con las esperanzas leeeejos. De hecho tengo un par de amigas que este año tienen unos kilos más que hace tiempo y definitivamente está mucho más lindas y rozagantes).

Después me puse a pensar en cómo es que existe esa idea de que las mujeres nos tiramos a matar, que competimos todo el tiempo, que nos ponemos lindas para otras mujeres, que intentamos hundir a la otra. Yo no digo que eso no pase ¿eh? Supongo que existe pero parece que yo tengo suerte. En mi mundo, mis amigas siempre te dicen cosas lindas y cuando las cosas que te dice son más feas, no se refieren a tu aspecto, por lo general son cosas que expresan preocupación por cómo estás haciendo las cosas, no por tu aspecto. Y encima son cosas que vos sabés pero necesitás un amigo que te las diga y te las confirme y te ayude.

Incluso entre las mujeres que no son amigas me encuentro comentarios agradables. Sin ir más lejos, en mi oficina no dejo de escuchar cómo unas le dicen a otras lo guapas que están hoy, lo bien que les sienta ese color, preguntan por el nuevo corte de pelo porque se dan cuenta, señalan los zapatos con admiración, preguntan por el bolso nuevo que se compraron, se quitan kilos unas a otras y así.

De hecho, me arriesgo al decir que en los últimos años he escuchado más comentarios bonitos de la boca de mujeres que de la de hombres. Ojo, no digo que no los digan pero he notado una creciente tendencia hacia el comentario ácido ¿defensivo quizás?

No sé, caballeros, pero sepan que decirle a una mujer lo linda que está hoy, lo bien que le sienta la sonrisa en la cara, hacer como que se dan cuenta de los cambios producidos y comentarlos para bien sólo tiene un resultado posible: que esa mujer a la que se lo dicen se va poniendo más linda porque se siente más linda. Que una se mantiene bien con la propia autoestima pero que lo que viene de afuera siempre suma. Y no hay nada de malo en decir cosas bonitas. Y si se cruzan con una que responda mal o sea antipática, no se sientan mal. Esa mujer, seguramente, todavía no recibe los suficientes mimos verbales. Un poco más y seguro florece.

Las mujeres gastan más energía en el cortejo amoroso

Que después no digan que sólo ellos se lo tienen que currar.

Crecer

“La tía Inés solía decir que crecer en la vida era un asunto de traspasar límites personales…”

La mujer habitada, Gioconda Belli

Y otro libro más que ya no voy a poder dejar de leer hasta el final. Ventajas de tener vecinas con enormes bibliotecas.

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