Uno de enero, dos de febrero…

Llevo unas semanas de lo más agotadoras. Pasada la época de las fiestas, para la que me pertreché adecuadamente con abundantes dosis de ánimo prefabricado, se me agotaron las existencias y el 5 de enero estaba para el blanket-rolling, solamente. Por suerte, días más tarde tenía que usar mis últimos días de vacaciones, para los que logré autorización gracias a la visita argenta de V. y aproveché para hacer lo que mi amiga P. dió en llamar “La Fiesta Cremallera”, es decir, inaugurar la casita a la que me había mudado poco más de un mes antes.

Aquí tengo que hacer un paréntesis: ¡cuánta felicidad toda junta! De la gente que invité, vinieron todos, salvo Nadie, pero tenía una excusa excelente, estaba al otro lado del océano. Cuestión, que vinieron todos y algunos más sumados a último momento. Y por cierto, qué amigos más civilizados tengo, al día siguiente apenas había media docena de patatas fritas debajo de la mesa y el resto de la casa, impecable. Además, Bruno me hizo el honor de traer a sus padres, lo que ya habla del nivelón que tenía el evento.

Pasada esa semana, vuelta al curro, para encontrarme con novedades de lo más devastadoras… pero avancé la primera semana con la frente bien alta, ya veremos en qué deriva este despelote, que acojona ¿Dije “acojona”? Casi más bien, da pánico, pero de momento, voy a pasar del pánico porque me afea, me saca canas (¡y ni siquiera son verdes!) y me salen arrugas en la frente. Y yo quiero tener arrugas pero pa’rriba, de las de reirse… y como a estas situaciones así tan tan tan hay que reírseles en la cara, pues en esas estoy.

Qué tengo vértigo en el estómago todo el maldito día, por causas numerosas y multitudinarias y por supuesto, totalmente lógicas, que ya no veo las noticias ni quiero verlas, porque no tengo la sensación de que informen tanto como alimentan la paranoia. Que si, que hay crisis, que la miro a la cara todos los días, pero no por eso tengo que flagelarme con ella. Que la información es poder, pero la ignoracia es felicidad y yo, últimamente, casi prefiero lo segundo, porque la promesa de poder de la información es casi casi como esos 906 en los que el enigma tiene resolución tan fácil que llamás pero siempre estás en espera y yo de esperar ya estoy cansada, para qué te lo voy a contar.

Hace calor, si

La verdad es que últimamente, lo único que tengo ganas de hacer es ver a mis amigos. Ver gente. Bueno, en realidad tampoco es que tenga muchas “ganas” pero es lo que menos pereza me da. Ojo, no es uuhquédepresión ni es algo triste ni nada. Sólo que no es habitual. O no era habitual. Normalmente siempre tenía ganas de hacer mil (dosmil) cosas y el tiempo no me alcanzaba para todo lo que tenía ganas de hacer. Repito, no es que esté triste (bueno, está bien, a veces estoy triste) pero incluso cuando estoy muy contenta y dicharachera tampoco tengo ganas de hacer nada salvo ver a la gente amiga, tomarnos algo, fumar en compañía, pa-sar-el-ra-to.

En fin, por otro lado, el otro día tuve un sueño refeo. Soñe que mi amiga L. (que es de esas amigas de hace mil, con la que tenemos vidas totalmente diferentes y seguimos siendo amigas a pesar de que hablamos una vez al mes o a lo mejor es porque tenemos vidas diferentes o qué se yo, bueno, de esas amigas que te quieren como sos –desastre–) venía a Madrid a visitarme. La cosa es que mi casa de Madrid no era la que es (minipiso ¡existen señora ministra!) sino que era mi casa o mejor dicho, la casa de mi mamá en Argentina. La cosa es que venía y había más gente invitada y entre pitos y flautas nunca lograba sentarme a charlar con ella y en algún momento se hacía de noche y alguien más la llevaba a la “habitación de invitados” (eufemismo rarísimo porque tipo mi casa no tiene habitación de invitados) donde se iba a quedar que era como una especie de cueva que había construido debajo del sótano (si, mi casa de Argentina si tiene sótano) y la cuestión es que yo preguntaba donde estaba y demoraba un rato en averiguarlo y resulta que para ir a la habitación había que cruzar un túnel angostito a lo largo de toda la casa y no tenía luz y había que tirar de un cordón para guiarse (como Teseo en el laberinto) y nadie me quería explicar y todos me decían que era tarde, que esperara hasta el día siguiente y yo no quería porque L. iba a pensar que no le había dado bola y además, de verdad que tenía muchas ganas de charlar con ella, y en el sueño me ponía muy nerviosa e intentaba ir sola igual pero no podía porque no sabía ni donde estaban las llaves de la luz y no encontraba la linterna porque la habían cambiado de lugar. Y ahí me di cuenta de que mi casa de Argentina es realmente la casa de mi mamá. Y no es más mi casa. Un pensamiento que es angustiante porque claro, no sé si se dieron cuenta pero mi casa en Madrid tampoco es mi casa.

Y bué.

Entre otras cosas, pedí una beca, no me la dieron y chau a la mini-ilusión que tenía de volver a estudiar otro año. Que en realidad tampoco es estudiar sino ser alumna que es algo que se me da bastante bien y controlo. Aia.

Hace calor ¿no?

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