En círculos

Villagers – Cecelia & Her Selfhood from adrien merigeau on Vimeo.

Y comienza el otoño.

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Primavera en Argentina

No tengas miedo, volará, heredó nuestros genes, dice el artista del trapecio. Y desde el punto más alto lanza a su hija, un bebé todavía, por el aire, hacia los brazos de la madre aterrada e infiel. No debería temer: por las artes de su verdadero padre, el mago, la niña realmente vuela. O les hace creer que vuela.

Artistas del trapecio. Ana María Shúa. Fenómenos de circo.

Nunca quise tener otros padres. Nunca quise tener otro padre, en concreto. No lo tuve el tiempo suficiente como para llegar a odiarlo, rebelarme. Una leucemia que debiera haber sido fulminante, se lo llevó después de casi siete años, un 21 de septiembre, a mis casi 11 años.

Le dijeron que podían ser meses. Él si que se rebeló. Y con puro impulso de voluntad, siguió viviendo como si le sobrara el tiempo. Ahí es donde ese misterio de la herencia genética se demuestra en mi, sin necesidad de ciencias y análisis. En eso y en dos orejas asimétricas, una un poco más salida y doblada de lo normal. Orejas que se repiten en mi hermano, en mis sobrinos. Orejas de perrito triste, pero voluntarioso.

Misterios de la herencia, que duele más cuando más se aleja. Hoy, 25 años.

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Estoy leyendo

No hay payasos borrachos ni ecuyeres, no está el domador ni los sumisos tigres, no hay gitano con oso bailarín, no hay tirador de cuchillos con partenaire puro coraje, no hay acróbatas, ni trapecistas, ni vendedores de golosinas, ni malabaristas, no están los enanos, no hay carpa, ni banderines, ni delicados elefantes, ni mago de veloces dedos. Pero estamos vos y yo. Y nos aplauden.

El circo de mi sueños. Ana María Shúa. Fenómenos de circo. 2011

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El silencio

Una larga mesa de amigos, en el restorán “Plataforma”, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.

Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.

No. – dijo Tom, cuando alguien se arrimó –Estoy en una conversa muy importante.

Y cuando se acercó otro amigo:

Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.

Y a otro:

Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.

En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.

Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.

El Silencio. Eduardo Galeano. Bocas del tiempo

A veces te pasa que, cuando vivís en otro país, te sentís de ningún lado. De alguna manera, aunque pasen los años, seguís siendo el recién llegado. Sos nuevo casi en la vida de cualquier persona. Sobre todo cuando te viniste siendo un adulto. Nadie te conoce de siempre, nadie comparte tus códigos (a veces, algún otro compatriota los intuye), no sos prioritario en la vida de nadie.

Ojo, sos importante, por alguna razón descubrís que hay gente que te quiere un montón, que te necesita, que te aprecia. Pero siempre hay una lista de otros que son más importantes, más necesarios, más apreciados.

También está los que te siguen queriendo en tu lugar de nacimiento. Esos te van a querer siempre, pero de nuevo: vos les hiciste la putada de irte y ellos tuvieron que seguir viviendo. Hicieron otros planes, se juntaron con otra gente, aprendieron a tener otras prioridades.

Entonces, buscás compensar esa necesidad profunda de intimidad, confesándote a fondo, diciendote toda, contándote en detalle. Inventás la intimidad y la mantenés a pura voluntad y esfuerzo. Dejás que entren en tu vida, como un primer paso para, en el fondo, conseguir que el otro te deje entrar igual. Pero el otro ya tiene esos espacios ocupados.

Y por ahí te das cuenta tarde. Que quizás esa amiga tan querida, no te quiere taaanto. Que quizás ese que te escucha quejarte, tiene cosas más importantes en qué pensar, y te escucha porque le hacés gracia, porque tenés una capacidad enorme de contar kilombos con chistes. No es que no te quieran, no es que no les importes. Es que ni te quieren ni les importás TANTO. Y eso no es malo, mierda: te quiere más gente de la que pensabas posible. Pero tampoco es suficiente. Porque te quieren hasta ahí. Justo hasta ahí.

El otro día, le decía a un amigo que tenía ganas de hablar largo y tendido con alguien a quien no conozca. Él me respondía que le pasaba justo lo contrario: tenía ganas de hablar con alguien que le conociera tan bien que le comprendiera y no le juzgara. Y entonces me di cuenta de que en realidad yo estaba hablando de eso mismo. Sólo que no creo que nadie me conozca tanto. Entonces, quizás, si alguien no me conoce nada, eso sería posible.

Porque a veces, seamos sinceros, es más fácil “callar cervezas” con un desconocido.

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Caballo de malo

Acabo de ver escrita las palabras “caballo de malo” en la calle. No conocía la expresión y me llamó la atención porque parecía perfecta para el nombre de un grupo (casi), y porque no terminaba de entender a qué se quería referir.

¿Salvaje como caballo de malo?
¿Oscuro como caballo de malo?
¿Impetuoso como caballo de malo?
¿Arisco como caballo de malo?
¿Ostentoso como caballo de malo?

La respuesta me decepcionó un poco: Lento como caballo de malo. Pero tiene sentido. Lástima, porque si bien nunca me gustan los malos, siempre me gustaron sus caballos.

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Triste como caballo de malo. Porque pobre destino el del caballo, tocarle ser de malo y que por mágicaósmosis se le trasmita al pobre caballo las ¿cualidades? de la carga que le toca lleva.

Triste como caballo de malo. Eso también se me cruzó por la cabeza. La palabra triste viene a menudo a mi cabeza en estos meses. Para describir cosas, colores, estados. Ajenos en general. Los propios no dan ni para descripciones. Por eso no escribo acá. Porque ya nadie lee ésto y a nadie tengo ganascapacidad de contarle esas cosas. Nadie a quien conozca, al menos.

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Estuve tres días escuchando esta canción. Después se la mandé a alguien a quién alguna vez conocí. No esperaba que me respondiera. Incluso quizás deseaba que NO respondiera. Por las dudas. Pensé que esa persona, justamente esa persona, podía entender. Que yo me sentía así. Pensé también que probablemente esa persona también, quizás, tal vez por un momento al menos, iba/había/ha sentido exactamente eso que yo estaba sintiendo. Por una vez, no esperé una respuesta. Sólo compartir esa sensación de que eso era algo que compartíamos/compartiríamos/habíamos compartido. Probablemente en diferentes continuums. Yo en este avión, él en ese avión. Y la posiblidad toda desenrrollada alrededor.

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Por eso no escribo acá. Porque no hay ahora nadie a quien le pueda contar ésto/eso/aquello, que (nodigoque) lo entienda. Quizás que lo pille. Que lo capte. Que por mágicaósmosis lo sepa. De momento no tengo ninguna esperanza de que fuera de mi, se sepa.

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Frustración, impotencia, torpeza. La mía, digo.

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Él no es la única persona que alguna vez conocí. Pero quizás si la única que podría entender. Espero.

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Siglos

Chist, no digan nada, eh. Hoy, el punto álgido del día y de lo más inesperado, fue bajarme una horita a la plaza a charlar con Maggie. La verdad es que no tenía ni una horita, pero menos mal, menos mal porque esa chica vale la pena.

¿Que cómo la reconocí? Estaba leyendo, oCvio.

Gracias, Maggielatímidavaliente. Yo nunca me animo a estas cosas. Y después me doy cuenta de que a la mejor gente que conocí acá, la conocí así.

¡A ver si se repite!

Y gracias por los piropos. Una, que sólo intenta estar a la altura.

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  • Estar allá Estar allá es algo beyond explanation. No les puedo decir....
  • Tengo Tengo varios proyectos, planes e invitaciones para los próximos días....
  • Uno de enero, dos de febrero… Llevo unas semanas de lo más agotadoras. Pasada la época...

Litany

You are the bread and the knife,
the crystal goblet and the wine.
You are the dew on the morning grass
and the burning wheel of the sun.
You are the white apron of the baker,
and the marsh birds suddenly in flight.

However, you are not the wind in the orchard,
the plums on the counter,
or the house of cards.
And you are certainly not the pine-scented air.
There is just no way that you are the pine-scented air.

It is possible that you are the fish under the bridge,
maybe even the pigeon on the general’s head,
but you are not even close
to being the field of cornflowers at dusk.

And a quick look in the mirror will show
that you are neither the boots in the corner
nor the boat asleep in its boathouse.

It might interest you to know,
speaking of the plentiful imagery of the world,
that I am the sound of rain on the roof.

I also happen to be the shooting star,
the evening paper blowing down an alley
and the basket of chestnuts on the kitchen table.

I am also the moon in the trees
and the blind woman’s tea cup.
But don’t worry, I’m not the bread and the knife.
You are still the bread and the knife.
You will always be the bread and the knife,
not to mention the crystal goblet and – somehow – the wine.

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