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Verano

Mastico una de esas galletas con sésamo que venden en el Tiger. Sabe levemente a humedad, a tierra. A lo mejor están caducadas, pero yo sigo comiendo. Porque ese sabor me recuerda a cuando volvíamos de la pileta con mis primos, y comíamos cualquier cosa que encontráramos, incluso un paquete de Crackers medio húmedas, nunca sabremos si porque llevaban varios años guardadas, o porque las agarrábamos con la mano todavía mojada de agua y cloro.

Diálogo – Algo estás haciendo bien

Hablo por Skype con vieja amiga por primera vez. Charlamos sobre sus preocupaciones, las mías, la sensación de estar fallando todo el tiempo, en fin, esas preocupaciones.

Aparece en pantalla su hija preadolescente, a la que hace años que no veo. Me saluda y le digo, con toda sinceridad: “¡Te estás poniendo hermosa!”.

La piba me sonríe con suficiencia y, señalándose la cabeza me responde: “Me estoy poniendo hermosa de acá”. Miro a mi amiga y no puedo evitar decirle: “Algo estás haciendo bien”.

Diálogo – Educar al infante

Ayer hablé por Skype con mi sobrino de cinco años. Acaba de empezar a ir al colegio. Por el estado de la educación pública en Argentina, va a un colegio privado y católico.

Yo – ¿Y qué estás aprendiendo en el cole? (“contale la historia de Jesús”, dice mi hermana, su madre, por detrás).
Sobrino – Jesús está muerto.
Yo – ¡Nooo! ¿Es un amigo tuyo Jesús? – (acá peco de tarada, de verdad pensé que era un amigo suyo).
Sobrino – No, está muerto en la iNglesia – (por detrás, mi otro sobrino de 3 años, por lo bajini agrega “es como un castisho de princesa”... la iglesia, claro)
Yo – (cayendo del guindo) ¡Ahh! ¿Y está muerto bien muerto?
Sobrino – No, está muerto… pero vivo.
Yo – ¡Entonces es un zombie!
Sobrino – jajaja – (mira a la madre de reojo, que le dicta “decile que está vivo en nuestros corazones”)
Sobrino – Está vivo en nuestro coNrazones.
Yo – ¡Entonces es un tumor!
Sobrino – Ehhh… – (mira a la madre que le dice, apuntándolo con el dedo: “eso no lo repitas en la escuela”).

A pesar de la distancia, alguien tiene que hacer de contrapeso en su educación. Y yo soy la madrina.

Conclusiones estúpidas LXXIV

Acá es imposible, imposible, establecer ningún tipo de vínculo amoroso si no existe varón, mayor-de-edad-soltero-de-nacionalidad-española-comunitario, que no tenga terror a que te vuelvas a tu país.

Así no, muchachos.

Confesiones 2011

Éste fue el año en que:

  • Me cagué en todo y en todos. De palabra.

  • Lloré más que nunca sin motivo aparente.

  • Lloré más que nunca por todos los motivos por los que está justificado llorar.

  • Probé a decir que no. Y no me fue tan mal.

  • Dije un par de cosas feas a mi vieja y me sentó de maravilla.

  • Le dijo un montón de cosas lindas a mi vieja y creo que finalmente las creyó.

  • Dormi mal. Casi todo el año. Y sigo.

  • Pude ponerle cara a un amigo virtual que me mataba de curiosidad.

  • Me enamoré como si tuviera 13 años. De Gotye y de Ben Whishaw en The Hour. Comprobé una vez más: todos frikis. Soy un desastre.

  • Compré cosas rosas y con florecitas, sin culpa. Me rebelé contra mi tomboy interior. Por fin.

  • En terapia dije, en voz alta y a modo de confesión: soy una cursi y me gusta serlo. Y no me dió miedo.

  • Pasé la navidad como quise. Genial.

Y pienso hacer lo mismo esta noche. Y no confesar más (porque ésto que digo acá es sólo la punta del iceberg, el resto me lo guardo para otras conversaciones amenas).

Mi casa, ahora

“Armonía. Desprendido desenfado cuidadoso. Cada cosa tiene su lugar que, aunque parece casual, su estadía no es no-pensada.”

Ésto fue lo que anotó mi mamá en su libreta, después de llegar a mi casa y pasar en ella unas horas. Cuando me lo leyó, yo me quedé totalmente sorprendida. Eso es exactamente lo que siempre he intentado que mi casa transmita. Mi casa a medias, claro, porque es un piso de alquiler, y eso implica algunas limitaciones. Además, esta casa, en más de una ocasión, ha sido un suplicio, con sus dos años y pico en obras (ahora abandonada por conflictos en los pagos), con su andamio cuasieterno (que finalmente se fue un día de verano), mi teléfono e internet cortados, el febrero pasado viviendo con el techo abierto, los dos meses en casa de mi hermanoadoptivo (porque él me adoptó) Fer…

Para mi, una casa, además de estar ordenada y limpia, claro, debería tener espacios, “momentos”, “vivencias” para las visitas. Un sofá gigante para ver pelis, un montón de libros que se puedan sacar y desordenar y responder al gusto o capricho del visitante lector. Muchas camas supletorias por si viene gente de paso. Muchas luz y mucho color, para que ni siquiera los días de lluvia la apaguen. Vasos y platos de sobra para cenas improvisadas. Muchos cajones con cosas divertidas para que si vienen niños (o algunos mayores), siempre haya con qué entretenerles. Muchos cajones con camisetas viejas, por si alguien de pronto decide quedarse a pasar la noche. Mantas (todavía tengo pendiente hacer alguna yo misma), almohadas y almohadones, porque sobre todo hay que estar cómodo para confesarse bebiendo una copa, de noche. Cosas hechas a mano, para que sean más cercanas, cálidas y que se puedan regalar en el arrebato del momento, cuando un amigo te dice “¡qué bonito ésto! ¿dónde lo has comprado?”.

Mi casa, ahora, parece que es todo lo que yo siempre quise que sea. Y quizás algún día me vaya de aquí, y espero poder lograr que mi siguiente casa sea más o menos así. Con eso me conformo.

Casa de visitas

Este año es el año en qué más gente vino a visitarme.

En Enero, M. y su hija C., que iban de paso a Egipto y casi se quedaron varadas allí, con las prostestas en la plaza. Volvieron sanas y salvas, y en total estuvieron unos siete días.Fueron las que inauguraron las visitas transoceánicas a mi casa. M. (o la Gringa) es la hermana mayor de una de mis amigas más queridas de Argentina. M. es más grande que yo y hay algo de su personalidad que me encanta. No sé cómo describirlo, creo que es cierta habilidad para disfrutar del lujo de la pereza (que en su caso es realmente un lujo, porque no para de hacer cosas). Pero es eso, esa capacidad para el disfrute, para simplificar el camino al placer de pasear o charlar tomando mate. Creo que logra no sentir culpa, y sin darse cuenta, contagia a los que estamos alrededor. Tiene lo que creo, se podría llamar, una naturaleza risueña. Por otra parte, su hija C. es una chica de trece años, que a los cuatro fue mi primera ahijada mágica. A C. le hice un vestido de princesa de tules rosas, con lentejuelas y mangas abullonadas, que llevé a su casa en una caja de color marfil. Recuerdo el día como si fuera hoy: nos encerramos en su habitación (no dejó pasar a su mamá, siquiera) y yo hice unos pases de magia (estratégicamente, llevaba purpurina conmigo) y abrimos la caja para sacer un sueño de tules y raso rosa. Ese fue el día en que me convertí en madrina por primera vez: en hada madrina. Incluso hubo un cumpleaños (el de cinco, creo), al que fui disfrazada, con alas y varita mágica. Creo que me lo pasé mejor yo que ellos, y todavía recuerdo a uno de sus amiguitos, que intentando llamar mi atención, me decía a gritos: “¡¡Mala madrina, mala madrina!!”

Después, en el verano, estuvo acá L., mi amiga más antigüa. Con L. fuimos juntas al cole, pero después nuestras vidas tomaron rumbos totalmente diferentes. Ella se casó super joven y tuvo hijos al poquito tiempo, yo seguí estudiando y trabajando y eventualmente me vine acá. L. vino con sus dos hijos, que ya son casi adolescentes y sólo pudo quedarse tres días en casa. Fue una visita maravillosa e intensa, de ponernos al día, de ver que a pesar de los caminos tan dispares, cuánto seguimos siendo las mismas. Una de las cosas que más me gustó fue estar con sus hijos. Al mismo tiempo fue raro, porque de pronto se me cruzó la idea de que yo podría también tener hijos de esa edad, tan grandes, tan independientes, tan listos para el mundo. Me hizo darme cuenta la falta que me hace estar rodeada de chicos, lo lindo que es charlar con ellos, que te cuenten sus cosas, que te muestren cosas nuevas. Además, L. es de las pocas personas que me conoce desde hace mucho tiempo, y necesitaba eso. Esa sensación de que te quieren a pesar de vos misma. Que te conocen los puntos, las inflexiones de las voz, las pelotudeces en las que uno se parapeta sin saberlo, y a pesar de todo…

Después, vinieron mi mamá y mi hermana. Varias semanas intensas. Pero eso todavía lo estoy procesando, así que me lo guardo para mi.

Y aunque parezca raro, estas visitas, que me hicieron tanto bien, que me pusieron en la perspectiva de realmente estar a doce mil kilómetros, también me confirmaron una convicción profunda, que intuía desde hace rato y que confirmé varias veces: que estoy en el lugar en el quiero estar.

Y que me encanta que mi casa sea el lugar que pueden visitar al otro lado del océano.

Primavera en Argentina

No tengas miedo, volará, heredó nuestros genes, dice el artista del trapecio. Y desde el punto más alto lanza a su hija, un bebé todavía, por el aire, hacia los brazos de la madre aterrada e infiel. No debería temer: por las artes de su verdadero padre, el mago, la niña realmente vuela. O les hace creer que vuela.

Artistas del trapecio. Ana María Shúa. Fenómenos de circo.

Nunca quise tener otros padres. Nunca quise tener otro padre, en concreto. No lo tuve el tiempo suficiente como para llegar a odiarlo, rebelarme. Una leucemia que debiera haber sido fulminante, se lo llevó después de casi siete años, un 21 de septiembre, a mis casi 11 años.

Le dijeron que podían ser meses. Él si que se rebeló. Y con puro impulso de voluntad, siguió viviendo como si le sobrara el tiempo. Ahí es donde ese misterio de la herencia genética se demuestra en mi, sin necesidad de ciencias y análisis. En eso y en dos orejas asimétricas, una un poco más salida y doblada de lo normal. Orejas que se repiten en mi hermano, en mis sobrinos. Orejas de perrito triste, pero voluntarioso.

Misterios de la herencia, que duele más cuando más se aleja. Hoy, 25 años.

El silencio

Una larga mesa de amigos, en el restorán “Plataforma”, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.

Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.

No. – dijo Tom, cuando alguien se arrimó –Estoy en una conversa muy importante.

Y cuando se acercó otro amigo:

Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.

Y a otro:

Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.

En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.

Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.

El Silencio. Eduardo Galeano. Bocas del tiempo

A veces te pasa que, cuando vivís en otro país, te sentís de ningún lado. De alguna manera, aunque pasen los años, seguís siendo el recién llegado. Sos nuevo casi en la vida de cualquier persona. Sobre todo cuando te viniste siendo un adulto. Nadie te conoce de siempre, nadie comparte tus códigos (a veces, algún otro compatriota los intuye), no sos prioritario en la vida de nadie.

Ojo, sos importante, por alguna razón descubrís que hay gente que te quiere un montón, que te necesita, que te aprecia. Pero siempre hay una lista de otros que son más importantes, más necesarios, más apreciados.

También está los que te siguen queriendo en tu lugar de nacimiento. Esos te van a querer siempre, pero de nuevo: vos les hiciste la putada de irte y ellos tuvieron que seguir viviendo. Hicieron otros planes, se juntaron con otra gente, aprendieron a tener otras prioridades.

Entonces, buscás compensar esa necesidad profunda de intimidad, confesándote a fondo, diciendote toda, contándote en detalle. Inventás la intimidad y la mantenés a pura voluntad y esfuerzo. Dejás que entren en tu vida, como un primer paso para, en el fondo, conseguir que el otro te deje entrar igual. Pero el otro ya tiene esos espacios ocupados.

Y por ahí te das cuenta tarde. Que quizás esa amiga tan querida, no te quiere taaanto. Que quizás ese que te escucha quejarte, tiene cosas más importantes en qué pensar, y te escucha porque le hacés gracia, porque tenés una capacidad enorme de contar kilombos con chistes. No es que no te quieran, no es que no les importes. Es que ni te quieren ni les importás TANTO. Y eso no es malo, mierda: te quiere más gente de la que pensabas posible. Pero tampoco es suficiente. Porque te quieren hasta ahí. Justo hasta ahí.

El otro día, le decía a un amigo que tenía ganas de hablar largo y tendido con alguien a quien no conozca. Él me respondía que le pasaba justo lo contrario: tenía ganas de hablar con alguien que le conociera tan bien que le comprendiera y no le juzgara. Y entonces me di cuenta de que en realidad yo estaba hablando de eso mismo. Sólo que no creo que nadie me conozca tanto. Entonces, quizás, si alguien no me conoce nada, eso sería posible.

Porque a veces, seamos sinceros, es más fácil “callar cervezas” con un desconocido.

Caballo de malo

Acabo de ver escrita las palabras “caballo de malo” en la calle. No conocía la expresión y me llamó la atención porque parecía perfecta para el nombre de un grupo (casi), y porque no terminaba de entender a qué se quería referir.

¿Salvaje como caballo de malo?
¿Oscuro como caballo de malo?
¿Impetuoso como caballo de malo?
¿Arisco como caballo de malo?
¿Ostentoso como caballo de malo?

La respuesta me decepcionó un poco: Lento como caballo de malo. Pero tiene sentido. Lástima, porque si bien nunca me gustan los malos, siempre me gustaron sus caballos.

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Triste como caballo de malo. Porque pobre destino el del caballo, tocarle ser de malo y que por mágicaósmosis se le trasmita al pobre caballo las ¿cualidades? de la carga que le toca lleva.

Triste como caballo de malo. Eso también se me cruzó por la cabeza. La palabra triste viene a menudo a mi cabeza en estos meses. Para describir cosas, colores, estados. Ajenos en general. Los propios no dan ni para descripciones. Por eso no escribo acá. Porque ya nadie lee ésto y a nadie tengo ganascapacidad de contarle esas cosas. Nadie a quien conozca, al menos.

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Estuve tres días escuchando esta canción. Después se la mandé a alguien a quién alguna vez conocí. No esperaba que me respondiera. Incluso quizás deseaba que NO respondiera. Por las dudas. Pensé que esa persona, justamente esa persona, podía entender. Que yo me sentía así. Pensé también que probablemente esa persona también, quizás, tal vez por un momento al menos, iba/había/ha sentido exactamente eso que yo estaba sintiendo. Por una vez, no esperé una respuesta. Sólo compartir esa sensación de que eso era algo que compartíamos/compartiríamos/habíamos compartido. Probablemente en diferentes continuums. Yo en este avión, él en ese avión. Y la posiblidad toda desenrrollada alrededor.

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Por eso no escribo acá. Porque no hay ahora nadie a quien le pueda contar ésto/eso/aquello, que (nodigoque) lo entienda. Quizás que lo pille. Que lo capte. Que por mágicaósmosis lo sepa. De momento no tengo ninguna esperanza de que fuera de mi, se sepa.

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Frustración, impotencia, torpeza. La mía, digo.

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Él no es la única persona que alguna vez conocí. Pero quizás si la única que podría entender. Espero.

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