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Confesiones 2011

Éste fue el año en que:

  • Me cagué en todo y en todos. De palabra.

  • Lloré más que nunca sin motivo aparente.

  • Lloré más que nunca por todos los motivos por los que está justificado llorar.

  • Probé a decir que no. Y no me fue tan mal.

  • Dije un par de cosas feas a mi vieja y me sentó de maravilla.

  • Le dijo un montón de cosas lindas a mi vieja y creo que finalmente las creyó.

  • Dormi mal. Casi todo el año. Y sigo.

  • Pude ponerle cara a un amigo virtual que me mataba de curiosidad.

  • Me enamoré como si tuviera 13 años. De Gotye y de Ben Whishaw en The Hour. Comprobé una vez más: todos frikis. Soy un desastre.

  • Compré cosas rosas y con florecitas, sin culpa. Me rebelé contra mi tomboy interior. Por fin.

  • En terapia dije, en voz alta y a modo de confesión: soy una cursi y me gusta serlo. Y no me dió miedo.

  • Pasé la navidad como quise. Genial.

Y pienso hacer lo mismo esta noche. Y no confesar más (porque ésto que digo acá es sólo la punta del iceberg, el resto me lo guardo para otras conversaciones amenas).

Mi casa, ahora

“Armonía. Desprendido desenfado cuidadoso. Cada cosa tiene su lugar que, aunque parece casual, su estadía no es no-pensada.”

Ésto fue lo que anotó mi mamá en su libreta, después de llegar a mi casa y pasar en ella unas horas. Cuando me lo leyó, yo me quedé totalmente sorprendida. Eso es exactamente lo que siempre he intentado que mi casa transmita. Mi casa a medias, claro, porque es un piso de alquiler, y eso implica algunas limitaciones. Además, esta casa, en más de una ocasión, ha sido un suplicio, con sus dos años y pico en obras (ahora abandonada por conflictos en los pagos), con su andamio cuasieterno (que finalmente se fue un día de verano), mi teléfono e internet cortados, el febrero pasado viviendo con el techo abierto, los dos meses en casa de mi hermanoadoptivo (porque él me adoptó) Fer…

Para mi, una casa, además de estar ordenada y limpia, claro, debería tener espacios, “momentos”, “vivencias” para las visitas. Un sofá gigante para ver pelis, un montón de libros que se puedan sacar y desordenar y responder al gusto o capricho del visitante lector. Muchas camas supletorias por si viene gente de paso. Muchas luz y mucho color, para que ni siquiera los días de lluvia la apaguen. Vasos y platos de sobra para cenas improvisadas. Muchos cajones con cosas divertidas para que si vienen niños (o algunos mayores), siempre haya con qué entretenerles. Muchos cajones con camisetas viejas, por si alguien de pronto decide quedarse a pasar la noche. Mantas (todavía tengo pendiente hacer alguna yo misma), almohadas y almohadones, porque sobre todo hay que estar cómodo para confesarse bebiendo una copa, de noche. Cosas hechas a mano, para que sean más cercanas, cálidas y que se puedan regalar en el arrebato del momento, cuando un amigo te dice “¡qué bonito ésto! ¿dónde lo has comprado?”.

Mi casa, ahora, parece que es todo lo que yo siempre quise que sea. Y quizás algún día me vaya de aquí, y espero poder lograr que mi siguiente casa sea más o menos así. Con eso me conformo.

Casa de visitas

Este año es el año en qué más gente vino a visitarme.

En Enero, M. y su hija C., que iban de paso a Egipto y casi se quedaron varadas allí, con las prostestas en la plaza. Volvieron sanas y salvas, y en total estuvieron unos siete días.Fueron las que inauguraron las visitas transoceánicas a mi casa. M. (o la Gringa) es la hermana mayor de una de mis amigas más queridas de Argentina. M. es más grande que yo y hay algo de su personalidad que me encanta. No sé cómo describirlo, creo que es cierta habilidad para disfrutar del lujo de la pereza (que en su caso es realmente un lujo, porque no para de hacer cosas). Pero es eso, esa capacidad para el disfrute, para simplificar el camino al placer de pasear o charlar tomando mate. Creo que logra no sentir culpa, y sin darse cuenta, contagia a los que estamos alrededor. Tiene lo que creo, se podría llamar, una naturaleza risueña. Por otra parte, su hija C. es una chica de trece años, que a los cuatro fue mi primera ahijada mágica. A C. le hice un vestido de princesa de tules rosas, con lentejuelas y mangas abullonadas, que llevé a su casa en una caja de color marfil. Recuerdo el día como si fuera hoy: nos encerramos en su habitación (no dejó pasar a su mamá, siquiera) y yo hice unos pases de magia (estratégicamente, llevaba purpurina conmigo) y abrimos la caja para sacer un sueño de tules y raso rosa. Ese fue el día en que me convertí en madrina por primera vez: en hada madrina. Incluso hubo un cumpleaños (el de cinco, creo), al que fui disfrazada, con alas y varita mágica. Creo que me lo pasé mejor yo que ellos, y todavía recuerdo a uno de sus amiguitos, que intentando llamar mi atención, me decía a gritos: “¡¡Mala madrina, mala madrina!!”

Después, en el verano, estuvo acá L., mi amiga más antigüa. Con L. fuimos juntas al cole, pero después nuestras vidas tomaron rumbos totalmente diferentes. Ella se casó super joven y tuvo hijos al poquito tiempo, yo seguí estudiando y trabajando y eventualmente me vine acá. L. vino con sus dos hijos, que ya son casi adolescentes y sólo pudo quedarse tres días en casa. Fue una visita maravillosa e intensa, de ponernos al día, de ver que a pesar de los caminos tan dispares, cuánto seguimos siendo las mismas. Una de las cosas que más me gustó fue estar con sus hijos. Al mismo tiempo fue raro, porque de pronto se me cruzó la idea de que yo podría también tener hijos de esa edad, tan grandes, tan independientes, tan listos para el mundo. Me hizo darme cuenta la falta que me hace estar rodeada de chicos, lo lindo que es charlar con ellos, que te cuenten sus cosas, que te muestren cosas nuevas. Además, L. es de las pocas personas que me conoce desde hace mucho tiempo, y necesitaba eso. Esa sensación de que te quieren a pesar de vos misma. Que te conocen los puntos, las inflexiones de las voz, las pelotudeces en las que uno se parapeta sin saberlo, y a pesar de todo…

Después, vinieron mi mamá y mi hermana. Varias semanas intensas. Pero eso todavía lo estoy procesando, así que me lo guardo para mi.

Y aunque parezca raro, estas visitas, que me hicieron tanto bien, que me pusieron en la perspectiva de realmente estar a doce mil kilómetros, también me confirmaron una convicción profunda, que intuía desde hace rato y que confirmé varias veces: que estoy en el lugar en el quiero estar.

Y que me encanta que mi casa sea el lugar que pueden visitar al otro lado del océano.

Primavera en Argentina

No tengas miedo, volará, heredó nuestros genes, dice el artista del trapecio. Y desde el punto más alto lanza a su hija, un bebé todavía, por el aire, hacia los brazos de la madre aterrada e infiel. No debería temer: por las artes de su verdadero padre, el mago, la niña realmente vuela. O les hace creer que vuela.

Artistas del trapecio. Ana María Shúa. Fenómenos de circo.

Nunca quise tener otros padres. Nunca quise tener otro padre, en concreto. No lo tuve el tiempo suficiente como para llegar a odiarlo, rebelarme. Una leucemia que debiera haber sido fulminante, se lo llevó después de casi siete años, un 21 de septiembre, a mis casi 11 años.

Le dijeron que podían ser meses. Él si que se rebeló. Y con puro impulso de voluntad, siguió viviendo como si le sobrara el tiempo. Ahí es donde ese misterio de la herencia genética se demuestra en mi, sin necesidad de ciencias y análisis. En eso y en dos orejas asimétricas, una un poco más salida y doblada de lo normal. Orejas que se repiten en mi hermano, en mis sobrinos. Orejas de perrito triste, pero voluntarioso.

Misterios de la herencia, que duele más cuando más se aleja. Hoy, 25 años.

El silencio

Una larga mesa de amigos, en el restorán “Plataforma”, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.

Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.

No. – dijo Tom, cuando alguien se arrimó –Estoy en una conversa muy importante.

Y cuando se acercó otro amigo:

Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.

Y a otro:

Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.

En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.

Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.

El Silencio. Eduardo Galeano. Bocas del tiempo

A veces te pasa que, cuando vivís en otro país, te sentís de ningún lado. De alguna manera, aunque pasen los años, seguís siendo el recién llegado. Sos nuevo casi en la vida de cualquier persona. Sobre todo cuando te viniste siendo un adulto. Nadie te conoce de siempre, nadie comparte tus códigos (a veces, algún otro compatriota los intuye), no sos prioritario en la vida de nadie.

Ojo, sos importante, por alguna razón descubrís que hay gente que te quiere un montón, que te necesita, que te aprecia. Pero siempre hay una lista de otros que son más importantes, más necesarios, más apreciados.

También está los que te siguen queriendo en tu lugar de nacimiento. Esos te van a querer siempre, pero de nuevo: vos les hiciste la putada de irte y ellos tuvieron que seguir viviendo. Hicieron otros planes, se juntaron con otra gente, aprendieron a tener otras prioridades.

Entonces, buscás compensar esa necesidad profunda de intimidad, confesándote a fondo, diciendote toda, contándote en detalle. Inventás la intimidad y la mantenés a pura voluntad y esfuerzo. Dejás que entren en tu vida, como un primer paso para, en el fondo, conseguir que el otro te deje entrar igual. Pero el otro ya tiene esos espacios ocupados.

Y por ahí te das cuenta tarde. Que quizás esa amiga tan querida, no te quiere taaanto. Que quizás ese que te escucha quejarte, tiene cosas más importantes en qué pensar, y te escucha porque le hacés gracia, porque tenés una capacidad enorme de contar kilombos con chistes. No es que no te quieran, no es que no les importes. Es que ni te quieren ni les importás TANTO. Y eso no es malo, mierda: te quiere más gente de la que pensabas posible. Pero tampoco es suficiente. Porque te quieren hasta ahí. Justo hasta ahí.

El otro día, le decía a un amigo que tenía ganas de hablar largo y tendido con alguien a quien no conozca. Él me respondía que le pasaba justo lo contrario: tenía ganas de hablar con alguien que le conociera tan bien que le comprendiera y no le juzgara. Y entonces me di cuenta de que en realidad yo estaba hablando de eso mismo. Sólo que no creo que nadie me conozca tanto. Entonces, quizás, si alguien no me conoce nada, eso sería posible.

Porque a veces, seamos sinceros, es más fácil “callar cervezas” con un desconocido.

Caballo de malo

Acabo de ver escrita las palabras “caballo de malo” en la calle. No conocía la expresión y me llamó la atención porque parecía perfecta para el nombre de un grupo (casi), y porque no terminaba de entender a qué se quería referir.

¿Salvaje como caballo de malo?
¿Oscuro como caballo de malo?
¿Impetuoso como caballo de malo?
¿Arisco como caballo de malo?
¿Ostentoso como caballo de malo?

La respuesta me decepcionó un poco: Lento como caballo de malo. Pero tiene sentido. Lástima, porque si bien nunca me gustan los malos, siempre me gustaron sus caballos.

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Triste como caballo de malo. Porque pobre destino el del caballo, tocarle ser de malo y que por mágicaósmosis se le trasmita al pobre caballo las ¿cualidades? de la carga que le toca lleva.

Triste como caballo de malo. Eso también se me cruzó por la cabeza. La palabra triste viene a menudo a mi cabeza en estos meses. Para describir cosas, colores, estados. Ajenos en general. Los propios no dan ni para descripciones. Por eso no escribo acá. Porque ya nadie lee ésto y a nadie tengo ganascapacidad de contarle esas cosas. Nadie a quien conozca, al menos.

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Estuve tres días escuchando esta canción. Después se la mandé a alguien a quién alguna vez conocí. No esperaba que me respondiera. Incluso quizás deseaba que NO respondiera. Por las dudas. Pensé que esa persona, justamente esa persona, podía entender. Que yo me sentía así. Pensé también que probablemente esa persona también, quizás, tal vez por un momento al menos, iba/había/ha sentido exactamente eso que yo estaba sintiendo. Por una vez, no esperé una respuesta. Sólo compartir esa sensación de que eso era algo que compartíamos/compartiríamos/habíamos compartido. Probablemente en diferentes continuums. Yo en este avión, él en ese avión. Y la posiblidad toda desenrrollada alrededor.

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Por eso no escribo acá. Porque no hay ahora nadie a quien le pueda contar ésto/eso/aquello, que (nodigoque) lo entienda. Quizás que lo pille. Que lo capte. Que por mágicaósmosis lo sepa. De momento no tengo ninguna esperanza de que fuera de mi, se sepa.

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Frustración, impotencia, torpeza. La mía, digo.

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Él no es la única persona que alguna vez conocí. Pero quizás si la única que podría entender. Espero.

Siglos

Chist, no digan nada, eh. Hoy, el punto álgido del día y de lo más inesperado, fue bajarme una horita a la plaza a charlar con Maggie. La verdad es que no tenía ni una horita, pero menos mal, menos mal porque esa chica vale la pena.

¿Que cómo la reconocí? Estaba leyendo, oCvio.

Gracias, Maggielatímidavaliente. Yo nunca me animo a estas cosas. Y después me doy cuenta de que a la mejor gente que conocí acá, la conocí así.

¡A ver si se repite!

Y gracias por los piropos. Una, que sólo intenta estar a la altura.

Litany

You are the bread and the knife,
the crystal goblet and the wine.
You are the dew on the morning grass
and the burning wheel of the sun.
You are the white apron of the baker,
and the marsh birds suddenly in flight.

However, you are not the wind in the orchard,
the plums on the counter,
or the house of cards.
And you are certainly not the pine-scented air.
There is just no way that you are the pine-scented air.

It is possible that you are the fish under the bridge,
maybe even the pigeon on the general’s head,
but you are not even close
to being the field of cornflowers at dusk.

And a quick look in the mirror will show
that you are neither the boots in the corner
nor the boat asleep in its boathouse.

It might interest you to know,
speaking of the plentiful imagery of the world,
that I am the sound of rain on the roof.

I also happen to be the shooting star,
the evening paper blowing down an alley
and the basket of chestnuts on the kitchen table.

I am also the moon in the trees
and the blind woman’s tea cup.
But don’t worry, I’m not the bread and the knife.
You are still the bread and the knife.
You will always be the bread and the knife,
not to mention the crystal goblet and – somehow – the wine.

La novela luminosa

“Me parece que los jóvenes son tres. Vi a dos de ellos acosar a la madre, tratando de obtener comida de su pico, exáctamente como polluelos y no como semejantes pelotudos que ya son.”

La novela luminosa, Mario Levrero

(las negritas son mías)

Acá solté una carcajada. Pero ya venía sonriendo, calculo que desde la página 7, aproximadamente. La novela luminosa, que no lleva a titularse así hasta la página 453 de la edición de bolsillo que compré, es un libro-blog de cuando nadie blogueaba. Es un diario de un escritor que no sabe cómo carajo va a llegar a escribir esa novela luminosa que el alma le pide, ya que su realidad cotidiana se lo pone difícil. Los horarios cambiados, los achaques, las autoexcusas, la obsesión por la computadora que le hace quedarse resolviendo problemitas hasta la madrugada, la alegría de modificar una aplicación y que funcione, antes que ponerse a escribir realmente lo que tiene que escribir porque no se siente capaz. Y la identificación de esta lectora, que se sorprende en cada relato, se identifica aunque sea mujer, treinta años más joven y no tenga la menor intención de escribir ninguna novela luminosa. Mario Levrero escribe las primeras cuatrocientas páginas de este libro para si mismo, se va analizando de una manera que incluso da miedo y al mismo tiempo no tiene miedo de parecer loco, enajenado, ridículo, porque escribe para nadie, porque nadie lo lee cuando escribe. Y eso hace que esta novela sea luminosa aunque no se llame así hasta la página 453 de la edición de bolsillo que compré.

“Me resulta casi increíble, al comparar esta mujer con el resto de sus congéneres, que nunca se haya aprovechado de ese conocimiento suyo para competir, humillarme o tratar de reformarme. Me aceptaba tal cual soy, e intuía sin duda que cualquier modificación que se me impusiera, por más positiva que fuese, me haría perder algo que ella consideraba importante en mi.”

Cada vez que leo algo escrito por un hombre, que describe exáctamente cosas que he pensado, me asalta una ternura muy explicable, aquella que deviene de saber que también les pasa, que no son tan diferentes incluso en las diferencias. Que también hacen generalizaciones. Y se confirma que no estoy tan equivocada, a pesar de tanto pelotudo que me he cruzado. Que sigue siendo saludable que me gusten y me den curiosidad y los siga queriendo tantotanto.

Nesquik

A mi siempre me tuvieron re-cagando. Me educaron en la disciplina y el orden, la responsabilidad y el deber. Como quien dice, me tendían sonando. Pero te voy a decir una cosa: en mi casa, la leche chocolatada de la merienda siempre tuvo muchomucho Nesquik. En mi casa, la chocolatada era marrón oscuro. A lo mejor para compensar.

Me acabo de comer una cucharadota de Nesquik, así, a pelo. Calculo que por lo menos unos 13 años desde la última vez que hice algo parecido… ¿eh?

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