Logos y tipografÃa a medida.
Thank a type designer. Marcas y tipografía a medida.
Thank a type designer. Marcas y tipografía a medida.
Me invitan a participar en un “trifásico”: un trío de palabras que me sugieren y debo utilizar en un relato. A mi me tocan las tres del título. Éste es el resultado:
El tamaño de su desconsuelo al no lograr dominar el arte de la papiroflexia, podía compararse con el tamaño del montículo de papelitos mal doblados en las horas entretenidas para no pensar en otras cosas. Fue recién una semana más tarde, a siete minutos de terminar la sesión de psicoterapia, que se dió cuenta: mariposas, golondrinas, pingüinos chuecos. Los pañuelos de papel – solía llorar bastante – habían tomado y transformado la forma de su congoja.
“Armonía. Desprendido desenfado cuidadoso. Cada cosa tiene su lugar que, aunque parece casual, su estadía no es no-pensada.”
Ésto fue lo que anotó mi mamá en su libreta, después de llegar a mi casa y pasar en ella unas horas. Cuando me lo leyó, yo me quedé totalmente sorprendida. Eso es exactamente lo que siempre he intentado que mi casa transmita. Mi casa a medias, claro, porque es un piso de alquiler, y eso implica algunas limitaciones. Además, esta casa, en más de una ocasión, ha sido un suplicio, con sus dos años y pico en obras (ahora abandonada por conflictos en los pagos), con su andamio cuasieterno (que finalmente se fue un día de verano), mi teléfono e internet cortados, el febrero pasado viviendo con el techo abierto, los dos meses en casa de mi hermanoadoptivo (porque él me adoptó) Fer…
Para mi, una casa, además de estar ordenada y limpia, claro, debería tener espacios, “momentos”, “vivencias” para las visitas. Un sofá gigante para ver pelis, un montón de libros que se puedan sacar y desordenar y responder al gusto o capricho del visitante lector. Muchas camas supletorias por si viene gente de paso. Muchas luz y mucho color, para que ni siquiera los días de lluvia la apaguen. Vasos y platos de sobra para cenas improvisadas. Muchos cajones con cosas divertidas para que si vienen niños (o algunos mayores), siempre haya con qué entretenerles. Muchos cajones con camisetas viejas, por si alguien de pronto decide quedarse a pasar la noche. Mantas (todavía tengo pendiente hacer alguna yo misma), almohadas y almohadones, porque sobre todo hay que estar cómodo para confesarse bebiendo una copa, de noche. Cosas hechas a mano, para que sean más cercanas, cálidas y que se puedan regalar en el arrebato del momento, cuando un amigo te dice “¡qué bonito ésto! ¿dónde lo has comprado?”.
Mi casa, ahora, parece que es todo lo que yo siempre quise que sea. Y quizás algún día me vaya de aquí, y espero poder lograr que mi siguiente casa sea más o menos así. Con eso me conformo.
Villagers – Cecelia & Her Selfhood from adrien merigeau on Vimeo.
Y comienza el otoño.
No hay payasos borrachos ni ecuyeres, no está el domador ni los sumisos tigres, no hay gitano con oso bailarín, no hay tirador de cuchillos con partenaire puro coraje, no hay acróbatas, ni trapecistas, ni vendedores de golosinas, ni malabaristas, no están los enanos, no hay carpa, ni banderines, ni delicados elefantes, ni mago de veloces dedos. Pero estamos vos y yo. Y nos aplauden.El circo de mi sueños. Ana María Shúa. Fenómenos de circo. 2011
Una larga mesa de amigos, en el restorán “Plataforma”, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.Aquel mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.
– No. – dijo Tom, cuando alguien se arrimó –Estoy en una conversa muy importante.
Y cuando se acercó otro amigo:
– Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.
Y a otro:
– Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.
En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.
Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.
El Silencio. Eduardo Galeano. Bocas del tiempo
A veces te pasa que, cuando vivís en otro país, te sentís de ningún lado. De alguna manera, aunque pasen los años, seguís siendo el recién llegado. Sos nuevo casi en la vida de cualquier persona. Sobre todo cuando te viniste siendo un adulto. Nadie te conoce de siempre, nadie comparte tus códigos (a veces, algún otro compatriota los intuye), no sos prioritario en la vida de nadie.
Ojo, sos importante, por alguna razón descubrís que hay gente que te quiere un montón, que te necesita, que te aprecia. Pero siempre hay una lista de otros que son más importantes, más necesarios, más apreciados.
También está los que te siguen queriendo en tu lugar de nacimiento. Esos te van a querer siempre, pero de nuevo: vos les hiciste la putada de irte y ellos tuvieron que seguir viviendo. Hicieron otros planes, se juntaron con otra gente, aprendieron a tener otras prioridades.
Entonces, buscás compensar esa necesidad profunda de intimidad, confesándote a fondo, diciendote toda, contándote en detalle. Inventás la intimidad y la mantenés a pura voluntad y esfuerzo. Dejás que entren en tu vida, como un primer paso para, en el fondo, conseguir que el otro te deje entrar igual. Pero el otro ya tiene esos espacios ocupados.
Y por ahí te das cuenta tarde. Que quizás esa amiga tan querida, no te quiere taaanto. Que quizás ese que te escucha quejarte, tiene cosas más importantes en qué pensar, y te escucha porque le hacés gracia, porque tenés una capacidad enorme de contar kilombos con chistes. No es que no te quieran, no es que no les importes. Es que ni te quieren ni les importás TANTO. Y eso no es malo, mierda: te quiere más gente de la que pensabas posible. Pero tampoco es suficiente. Porque te quieren hasta ahí. Justo hasta ahí.
El otro día, le decía a un amigo que tenía ganas de hablar largo y tendido con alguien a quien no conozca. Él me respondía que le pasaba justo lo contrario: tenía ganas de hablar con alguien que le conociera tan bien que le comprendiera y no le juzgara. Y entonces me di cuenta de que en realidad yo estaba hablando de eso mismo. Sólo que no creo que nadie me conozca tanto. Entonces, quizás, si alguien no me conoce nada, eso sería posible.
Porque a veces, seamos sinceros, es más fácil “callar cervezas” con un desconocido.
Chist, no digan nada, eh. Hoy, el punto álgido del día y de lo más inesperado, fue bajarme una horita a la plaza a charlar con Maggie. La verdad es que no tenía ni una horita, pero menos mal, menos mal porque esa chica vale la pena.
¿Que cómo la reconocí? Estaba leyendo, oCvio.
Gracias, Maggielatímidavaliente. Yo nunca me animo a estas cosas. Y después me doy cuenta de que a la mejor gente que conocí acá, la conocí así.
¡A ver si se repite!
Y gracias por los piropos. Una, que sólo intenta estar a la altura.
You are the bread and the knife,
the crystal goblet and the wine.
You are the dew on the morning grass
and the burning wheel of the sun.
You are the white apron of the baker,
and the marsh birds suddenly in flight.
However, you are not the wind in the orchard,
the plums on the counter,
or the house of cards.
And you are certainly not the pine-scented air.
There is just no way that you are the pine-scented air.
It is possible that you are the fish under the bridge,
maybe even the pigeon on the general’s head,
but you are not even close
to being the field of cornflowers at dusk.
And a quick look in the mirror will show
that you are neither the boots in the corner
nor the boat asleep in its boathouse.
It might interest you to know,
speaking of the plentiful imagery of the world,
that I am the sound of rain on the roof.
I also happen to be the shooting star,
the evening paper blowing down an alley
and the basket of chestnuts on the kitchen table.
I am also the moon in the trees
and the blind woman’s tea cup.
But don’t worry, I’m not the bread and the knife.
You are still the bread and the knife.
You will always be the bread and the knife,
not to mention the crystal goblet and – somehow – the wine.