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Confesiones 2011

Éste fue el año en que:

  • Me cagué en todo y en todos. De palabra.

  • Lloré más que nunca sin motivo aparente.

  • Lloré más que nunca por todos los motivos por los que está justificado llorar.

  • Probé a decir que no. Y no me fue tan mal.

  • Dije un par de cosas feas a mi vieja y me sentó de maravilla.

  • Le dijo un montón de cosas lindas a mi vieja y creo que finalmente las creyó.

  • Dormi mal. Casi todo el año. Y sigo.

  • Pude ponerle cara a un amigo virtual que me mataba de curiosidad.

  • Me enamoré como si tuviera 13 años. De Gotye y de Ben Whishaw en The Hour. Comprobé una vez más: todos frikis. Soy un desastre.

  • Compré cosas rosas y con florecitas, sin culpa. Me rebelé contra mi tomboy interior. Por fin.

  • En terapia dije, en voz alta y a modo de confesión: soy una cursi y me gusta serlo. Y no me dió miedo.

  • Pasé la navidad como quise. Genial.

Y pienso hacer lo mismo esta noche. Y no confesar más (porque ésto que digo acá es sólo la punta del iceberg, el resto me lo guardo para otras conversaciones amenas).

“@malepichot: Pobre tipo! Le…

“@malepichot: Pobre tipo! Le hincharon los huevos groso http://t.co/O5ia9zHw”

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“@albertomontt: I’m at Depresión navideña (Aquí cerquita, Chile) 4sq.com/laputamadre”

“@masaenfurecida: AHORA EN V…

“@masaenfurecida: AHORA EN VEZ DE DECIR “SOY UN HIJO DE LA GRAN PUTASE DICE “SOY POLÍTICAMENTE INCORRECTO”.”

“@perezreverte: Yo a mis ami…

“@perezreverte: Yo a mis amigos los sigo con atención hasta en sus errores.”

Mi casa, ahora

“Armonía. Desprendido desenfado cuidadoso. Cada cosa tiene su lugar que, aunque parece casual, su estadía no es no-pensada.”

Ésto fue lo que anotó mi mamá en su libreta, después de llegar a mi casa y pasar en ella unas horas. Cuando me lo leyó, yo me quedé totalmente sorprendida. Eso es exactamente lo que siempre he intentado que mi casa transmita. Mi casa a medias, claro, porque es un piso de alquiler, y eso implica algunas limitaciones. Además, esta casa, en más de una ocasión, ha sido un suplicio, con sus dos años y pico en obras (ahora abandonada por conflictos en los pagos), con su andamio cuasieterno (que finalmente se fue un día de verano), mi teléfono e internet cortados, el febrero pasado viviendo con el techo abierto, los dos meses en casa de mi hermanoadoptivo (porque él me adoptó) Fer…

Para mi, una casa, además de estar ordenada y limpia, claro, debería tener espacios, “momentos”, “vivencias” para las visitas. Un sofá gigante para ver pelis, un montón de libros que se puedan sacar y desordenar y responder al gusto o capricho del visitante lector. Muchas camas supletorias por si viene gente de paso. Muchas luz y mucho color, para que ni siquiera los días de lluvia la apaguen. Vasos y platos de sobra para cenas improvisadas. Muchos cajones con cosas divertidas para que si vienen niños (o algunos mayores), siempre haya con qué entretenerles. Muchos cajones con camisetas viejas, por si alguien de pronto decide quedarse a pasar la noche. Mantas (todavía tengo pendiente hacer alguna yo misma), almohadas y almohadones, porque sobre todo hay que estar cómodo para confesarse bebiendo una copa, de noche. Cosas hechas a mano, para que sean más cercanas, cálidas y que se puedan regalar en el arrebato del momento, cuando un amigo te dice “¡qué bonito ésto! ¿dónde lo has comprado?”.

Mi casa, ahora, parece que es todo lo que yo siempre quise que sea. Y quizás algún día me vaya de aquí, y espero poder lograr que mi siguiente casa sea más o menos así. Con eso me conformo.

Maravillas de no ver la tele: …

Maravillas de no ver la tele: te ahorras lo de los peces en el río #troll face

No me gustan estos días tan …

No me gustan estos días tan grises que parece que nunca llegara a amanecer del todo. Tienen algo de apocalíptico. Pero encima, sin zombies.

http://t.co/1907vXqm

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Casa de visitas

Este año es el año en qué más gente vino a visitarme.

En Enero, M. y su hija C., que iban de paso a Egipto y casi se quedaron varadas allí, con las prostestas en la plaza. Volvieron sanas y salvas, y en total estuvieron unos siete días.Fueron las que inauguraron las visitas transoceánicas a mi casa. M. (o la Gringa) es la hermana mayor de una de mis amigas más queridas de Argentina. M. es más grande que yo y hay algo de su personalidad que me encanta. No sé cómo describirlo, creo que es cierta habilidad para disfrutar del lujo de la pereza (que en su caso es realmente un lujo, porque no para de hacer cosas). Pero es eso, esa capacidad para el disfrute, para simplificar el camino al placer de pasear o charlar tomando mate. Creo que logra no sentir culpa, y sin darse cuenta, contagia a los que estamos alrededor. Tiene lo que creo, se podría llamar, una naturaleza risueña. Por otra parte, su hija C. es una chica de trece años, que a los cuatro fue mi primera ahijada mágica. A C. le hice un vestido de princesa de tules rosas, con lentejuelas y mangas abullonadas, que llevé a su casa en una caja de color marfil. Recuerdo el día como si fuera hoy: nos encerramos en su habitación (no dejó pasar a su mamá, siquiera) y yo hice unos pases de magia (estratégicamente, llevaba purpurina conmigo) y abrimos la caja para sacer un sueño de tules y raso rosa. Ese fue el día en que me convertí en madrina por primera vez: en hada madrina. Incluso hubo un cumpleaños (el de cinco, creo), al que fui disfrazada, con alas y varita mágica. Creo que me lo pasé mejor yo que ellos, y todavía recuerdo a uno de sus amiguitos, que intentando llamar mi atención, me decía a gritos: “¡¡Mala madrina, mala madrina!!”

Después, en el verano, estuvo acá L., mi amiga más antigüa. Con L. fuimos juntas al cole, pero después nuestras vidas tomaron rumbos totalmente diferentes. Ella se casó super joven y tuvo hijos al poquito tiempo, yo seguí estudiando y trabajando y eventualmente me vine acá. L. vino con sus dos hijos, que ya son casi adolescentes y sólo pudo quedarse tres días en casa. Fue una visita maravillosa e intensa, de ponernos al día, de ver que a pesar de los caminos tan dispares, cuánto seguimos siendo las mismas. Una de las cosas que más me gustó fue estar con sus hijos. Al mismo tiempo fue raro, porque de pronto se me cruzó la idea de que yo podría también tener hijos de esa edad, tan grandes, tan independientes, tan listos para el mundo. Me hizo darme cuenta la falta que me hace estar rodeada de chicos, lo lindo que es charlar con ellos, que te cuenten sus cosas, que te muestren cosas nuevas. Además, L. es de las pocas personas que me conoce desde hace mucho tiempo, y necesitaba eso. Esa sensación de que te quieren a pesar de vos misma. Que te conocen los puntos, las inflexiones de las voz, las pelotudeces en las que uno se parapeta sin saberlo, y a pesar de todo…

Después, vinieron mi mamá y mi hermana. Varias semanas intensas. Pero eso todavía lo estoy procesando, así que me lo guardo para mi.

Y aunque parezca raro, estas visitas, que me hicieron tanto bien, que me pusieron en la perspectiva de realmente estar a doce mil kilómetros, también me confirmaron una convicción profunda, que intuía desde hace rato y que confirmé varias veces: que estoy en el lugar en el quiero estar.

Y que me encanta que mi casa sea el lugar que pueden visitar al otro lado del océano.

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