Este año es el año en qué más gente vino a visitarme.
En Enero, M. y su hija C., que iban de paso a Egipto y casi se quedaron varadas allí, con las prostestas en la plaza. Volvieron sanas y salvas, y en total estuvieron unos siete días.Fueron las que inauguraron las visitas transoceánicas a mi casa. M. (o la Gringa) es la hermana mayor de una de mis amigas más queridas de Argentina. M. es más grande que yo y hay algo de su personalidad que me encanta. No sé cómo describirlo, creo que es cierta habilidad para disfrutar del lujo de la pereza (que en su caso es realmente un lujo, porque no para de hacer cosas). Pero es eso, esa capacidad para el disfrute, para simplificar el camino al placer de pasear o charlar tomando mate. Creo que logra no sentir culpa, y sin darse cuenta, contagia a los que estamos alrededor. Tiene lo que creo, se podría llamar, una naturaleza risueña. Por otra parte, su hija C. es una chica de trece años, que a los cuatro fue mi primera ahijada mágica. A C. le hice un vestido de princesa de tules rosas, con lentejuelas y mangas abullonadas, que llevé a su casa en una caja de color marfil. Recuerdo el día como si fuera hoy: nos encerramos en su habitación (no dejó pasar a su mamá, siquiera) y yo hice unos pases de magia (estratégicamente, llevaba purpurina conmigo) y abrimos la caja para sacer un sueño de tules y raso rosa. Ese fue el día en que me convertí en madrina por primera vez: en hada madrina. Incluso hubo un cumpleaños (el de cinco, creo), al que fui disfrazada, con alas y varita mágica. Creo que me lo pasé mejor yo que ellos, y todavía recuerdo a uno de sus amiguitos, que intentando llamar mi atención, me decía a gritos: “¡¡Mala madrina, mala madrina!!”
Después, en el verano, estuvo acá L., mi amiga más antigüa. Con L. fuimos juntas al cole, pero después nuestras vidas tomaron rumbos totalmente diferentes. Ella se casó super joven y tuvo hijos al poquito tiempo, yo seguí estudiando y trabajando y eventualmente me vine acá. L. vino con sus dos hijos, que ya son casi adolescentes y sólo pudo quedarse tres días en casa. Fue una visita maravillosa e intensa, de ponernos al día, de ver que a pesar de los caminos tan dispares, cuánto seguimos siendo las mismas. Una de las cosas que más me gustó fue estar con sus hijos. Al mismo tiempo fue raro, porque de pronto se me cruzó la idea de que yo podría también tener hijos de esa edad, tan grandes, tan independientes, tan listos para el mundo. Me hizo darme cuenta la falta que me hace estar rodeada de chicos, lo lindo que es charlar con ellos, que te cuenten sus cosas, que te muestren cosas nuevas. Además, L. es de las pocas personas que me conoce desde hace mucho tiempo, y necesitaba eso. Esa sensación de que te quieren a pesar de vos misma. Que te conocen los puntos, las inflexiones de las voz, las pelotudeces en las que uno se parapeta sin saberlo, y a pesar de todo…
Después, vinieron mi mamá y mi hermana. Varias semanas intensas. Pero eso todavía lo estoy procesando, así que me lo guardo para mi.
Y aunque parezca raro, estas visitas, que me hicieron tanto bien, que me pusieron en la perspectiva de realmente estar a doce mil kilómetros, también me confirmaron una convicción profunda, que intuía desde hace rato y que confirmé varias veces: que estoy en el lugar en el quiero estar.
Y que me encanta que mi casa sea el lugar que pueden visitar al otro lado del océano.