El calentador de mi casa pierde agua y mucha. El dueño del piso, que es un santo, me pasa los teléfonos de su fontanero de confianza pero me dice que de todas formas lo más probable es que el profesional en cuestión me llame en la siguiente media hora. Me comenta que se llama “Rober” y es “Argentino” (lo pone así, con mayúsculas).
Unos veinte minutos más tarde, suena mi móvil y veo que el número de quien llama se corresponde con el del esperado especialista. Atiendo y la voz de un perfecto extraño pero con inconfundible acento platense me grita: “Daniela Carrrrrdoooooooneeeeee”.
Sasí.
Por la camiseta, vistes.

¡Oooooh, sorpresa! Acabo de recibir en la oficina, un paquetito que me manda D. desde Niza y que me trae desde Argentina. No tengo su email acá para escribirle un extensísimo correo de agradecimiento, así que en la ansiedad de decirle GRACIAS con negrita y mayúsculas, lo digo acá, y cuando llegue a casa, le mando la carta como corresponde.
¡Joooo, qué linda sorpresa!
– ¿Conoce esa vieja frase que dice “Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”? Bueno, creo que aquellos que recuerdan el pasado están peor todavía.
(...)
Voy caminando del metro a casa y en uno de esos bonitos relojes digitales, en una parada del autobús, veo la hora.
22:55.
La hora del recuerdo.
Hace mil, alguien metió en mi cabeza la idea de que cuando mirabas un reloj digital y éste señalaba una hora capicúa, alguien se estaba acordando de vos.
Por alguna razón, la hora perfecta, la de la más bonita simetría, la que indudablemente tenía que ser la hora en que alguien se acordaba de mi, era esa. No sé por qué, pero era la que más me gustaba.
Y me encuentro subiendo por Fuencarral y preguntádome si te acordás de mi. Si serás vos quien está pensando ahora en mi. Si te acordás pero en serio. Si te pasa como a mi, que las cosas que hice con vos de alguna manera se quedaron caducas para el siguiente. Por que siempre hay un siguiente con el que hago otras cosas que ya quedan caducas para el siguiente. Porque siempre hay un siguiente.
– Los que recuerdan el pasado tienden a no entender una mierda de la historia.
(...)
Y a mi me da la sensación de que las cosas que hice con vos (con vos, con vos y con vos) de verdad que no puedo repetirlas. Porque repetirlas es faltarte al respeto, quitarte ese lugar que construimos (¿contruí-mos?). Porque yo me acuerdo. Me acuerdo lo que fue para mi. Lo que sentí, lo que significó. Y es muy difícil que vos o vos o vos borren el significado que vos le diste (o que yo le di para vos).
Y entonces así me voy quedando vacía de cosas que compartir. Porque me acuerdo y no me doy respiro. Porque no sé cómo se hace de otra manera. Porque quiero que cuando haga ésto con vos sea para vos y no para vos o vos.
– En mi opinión, aquellos que recuerdan el pasado viven paralizados por él.
(...)
Entonces pienso que lo que yo quiero es olvidar. Quitar de significado. Vaciar todas las experiencias. Olvidarme de vos (y de vos y de vos).
– ¿Qué le parece: “Aquellos que pueden olvidar el pasado van muy por delante del resto de nosotros”?
Y no sé cómo.
Fragmentos de Asfixia, de Chuck Palaniuk, recomendado por (V)ireta, que es otra que recomienda esos libros.
A mi no me asusta estar sola. Lo que me da miedo es perder la habilidad y las ganas de estar con alguien.
“El poder de las redes” de David Ugarte tiene ISBN. Y además, te lo podés bajar.
¡Abajo las cirugías! Por fin un anuncio que me llega aunque piense que estoy divina.
Gente linda y con onda hay en todas partes.